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Trabajo en grupo

viernes, 30 de octubre del 2009 a las 17:07
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           Ha pasado una larga semana. Estamos a más de la mitad del mes de septiembre. El fin de semana ha sido largo. El pasado viernes hicimos los dos exámenes de latín. He aprobado por los pelos los dos. Lo bueno es que como no he suspendido no me tengo que ir de Moon College. Lo que comentó la directora de que el que no aprobase se tendría que marchar me puso de los nervios, pero tuve suerte. Aún recuerdo la visión que tuve antes de empezar las clases, fue pura suerte. En esa visión me escuché a mi misma hablando con el profesor de latín. Teníamos que aprendernos de memoria una redacción que hablaba de nosotros, así que la mía era tal cual la visión, y como nunca he podido olvidarme de mis visiones fue algo bastante práctico. Pues eso pura suerte. Sonrío al recordar lo qué paso. Y yo que quería evitar esa visión...
Me levanto de la cama, miro por la ventana, la persiana está medio bajada, pero se ven unos árboles a bastantes metros de la habitación, más allá, empieza a ser más frondoso. Me doy la vuelta, y me quedo sorprendida al ver que Maia no está en su cama, que está deshecha. Su armario está entreabierto. Me imagino que ha debido ir a ducharse, aunque lo hizo la pasada noche. En estos días nos hemos tratado un poco. Tampoco se mucho de ella, sólo que no viene a hacer amigos. Cuando me dijo eso me quedé callada, pues pensaba que podíamos serlo, pero ella rápidamente añadió que yo le caía bastante bien. Me acerco a mi armario, y escojo lo primero que pillo, salgo del dormitorio compartido, y me encuentro a Jackeline sentada, hablando con Maia. Me quedo sorprendida. Maia parece que se ha dado cuenta, me mira, sonríe, y sigue susurrando alguna cosa con ella. Trago saliva, y sigo mi camino hacía el cuarto de baño. Me encierro allí.

Me encontré con Gabriel en la puerta de la casita. Le sonreí. Pasa mucho tiempo con nosotras. Bueno en la casita. Se pasa el día vigilando a Jackeline, y un par de veces le he escuchado amenazar a un par de chicos que la miraban.
-¿Esperando a Jackeline?-le pregunté con una sonrisa, Gabriel se pasa todas las mañanas a esperar a su prima, para acompañarla a clase.
-No.
-Mejor, porque hoy se ha ido temprano con Amina, Carla, y Marcos-le respondí con tranquilidad, esperando lo que iba a decir a continuación. Esperando su respuesta ante el nombre de su mejor amigo.
-Ah-contestó él con tono despistado-En realidad te esperaba a ti.
Levantó la cabeza, para poder dirigirme una de sus miradas, está sonriendo a medias. No aparto la mirada de sus ojos mientras comenzamos a andar. Yo también le estoy sonriendo, y agarrando fuertemente mi mochila. Siempre que estoy con él me infunde esa sensación de seguridad. Durante estos días en Moon College me he sentido un poco extraña. De vez en cuando, sobretodo cuando estoy sola, me entra una repentina sensación de intranquilidad, como si estuviese rodeada de peligros que desconozco. Pero al lado de Gabriel me siento mejor, y se me olvidan las tonterías que a veces se me pasan por la cabeza.
-Al final pasaste los exámenes, ¿eh?
-Sí, menos mal, creía que iba a suspender el oral-le contesté.
-A mi también me costó un poco.
-¿Sabes que Marcos se hizo una chuleta para el escrito?
-Lo sé, se pasó la noche con la luz encendida, y apenas me dejó dormir-se quejó Gabriel, pero después los dos nos reímos.
-Aún así no le sirvió de mucho, casi le pillan, y apenas ha sacado un seis.
-Pero a él le basta.
Anduvimos unos minutos hasta el edificio principal. Entramos, y nos dirigimos a la clase. Empezaba de verdad la vida en Moon College, las clases estaban a punto de comenzar. La primera es con el tutor, al que todavía no conocemos. Hablará con nosotros un rato, después nos entregará los horarios, y a la siguiente clase.
Por suerte Gabriel estaba en la misma clase que yo. También estaban allí Jackeline, Amina, Marcos, Alex, y Carla que hablaban con un chico al que he visto un par de veces discutir con Maia. Nos acercamos al grupo, saludamos a todos. Gabriel se acerca un poco a su prima, y le susurra al oído.
-Abróchate un botón más, Jack.
-Cállate, Gabi, déjame vivir-le respondió ella con la voz llena de furia, pero apenas fue un susurro que pudimos escuchar él y yo. Sonreí. Me hacía gracia ver cómo Gabriel empezaba a decirle esas cosas, como si fuese su padre. Gabriel suspira, a veces su prima le pone de los nervios.
-Hazlo tú, o lo hago yo.
El resto seguían hablando sin que nadie se percatase de la conversación entre los primos. Yo intentaba prestar atención a lo que hablaban los demás, aunque los tenía tan cerca que me constaba concentrarme. Jackeline fulminó con la mirada a Gabriel, y se abrochó un botón de la camisa.
-¿Contento?-le contestó con la voz llena de fastidio.
-Ahora está mejor.
Jackeline bufó con sonoridad, y el resto del grupo la miró, pero ella simplemente sonrió. Gabriel me miró, y sonrió complacido. En ese instante entró Maia, me miró con una sonrisa con la que me pedía perdón. Supongo que cree que estoy molesta por lo de que estuviese hablando con Jackeline. Me separo del grupo, para hablar con ella.
-Se que Jackeline no te cae bien, pero tenía que hablar con ella de un par de cosillas-me comentó con la voz llena de arrepentimiento, la miré con dulzura.
-No seas tonta, no me molesta que hayas hablado con ella-le contesté con la voz serena-¿de dónde te has sacado que me iba a molestar?
-No sé-me miró a los ojos, me encanta el color oscuro de sus ojos azules-Como no os lleváis muy bien, y eso...
Me reí. Maia había cambiado un poco desde la primera vez que la vi. Pero no por fuera. Lo que quiero decir es que desde el primer momento me pareció una chica que tenía muy controlados sus sentimientos, que aparentaba una profunda calma. Aunque eso cambiaba cuando aparecía el chico ese, que tenía la capacidad de sacarla de sus casillas. Y también se quitaba esa máscara cuando está conmigo. No nos conocemos demasiado, pero sé que es buena persona. Seremos amigas.
-No me importa que hablas con ella, yo también lo hago, aunque no la trago.
Maia asintió con los ojos brillantes.
-Yo tampoco la trago mucho.
Nos sonreímos mutuamente. La clase empezó.
-¿Me haces un pequeño favor?-me pidió con voz suplicante, con los ojos brillantes, mirándome con su carita pálida. No me pude negar-Siéntate conmigo.
-Sí, claro-contesté extrañada-¿Pero qué pasa?
-Samuel no para de perseguirme.
-¿Samuel?-le susurré preocupada cuando nos sentamos.
-El chico que está ahora con la rubita.
Levanté la mirada para buscarle con disimulo. Al otro lado de la clase, justo al lado de una ventana había un chico. El chico con el que la veo discutir de vez en cuando en los recreos. Se llama Samuel.
-Ah, ese.
Le volví a mirar, para quedarme con su cara. Nos miraba. Me quedé sorprendida, miré a Maia, que estaba con la vista fija en la profesora que era nuestra tutora. Volví a posar mis ojos en él. Me guiñó un ojo, y volvió a su conversación la chica rubita, que parecía muy ocupada alabándole. Él se deshizo de ella como pudo, la chica no paraba de sobarle. Me reí por dentro. Era digno de ver. Samuel, que no paraba de perseguir a Maia, ahora era el perseguido. Creo que algún día debo de felicitar a esa chica.
-Soy Lainne Lin, vuestra tutora, aunque también soy una de las profesoras de chino.
Habló sobre el curso, lo que esperaba de nosotros. Nos dijo que había profesores que eran muy exigentes, más de lo que deberían. A los que estamos con una beca nos comentó que pasásemos por su despacho a la hora de la comida, que tenía nuestros ordenadores personales. También nos advirtió que si queríamos continuar el curso siguiente teníamos que demostrar que estamos dispuestos a estudiar. Así un buen rato. Después uno por uno le fuimos dando nuestro nombre, y ella nos miraba uno por uno, quedándose con todos los detalles. Sonrió cuando Maia habló. Miré otra vez a la profesora. Ella era la mujer que se había llevado a Maia al despacho de la directora, solo que hoy llevaba su larguísimo cabello suelto. Cuando acabamos de hablar nos fue llamando uno por uno para darnos nuestros horarios. Al acabar de repartirlos nos dijo que quedaban unos minutos antes de poder salir hacía la siguiente clase, así que nos quedamos en clase. Ella mirando cómo nos relacionamos. Y nosotros de pie, hablando unos con otros. Samuel se acercó a nosotras, con la rubita a su lado. La chica era alta, con la piel morena por el sol del verano, sus ojos son grandes, de color azul clarísimo, el cabello rubio es liso, lleva flequillo.
-Jessica, estas son Maia y...-me miró a los ojos, intentando saber cómo me llamo, pero así no lo va a averiguar, así que me decido a hablar.
-Soy Ashley-le contesté como si fuera elemental saberlo. Sobretodo porque sé que me estaba mirando cuando me he presentado. O quizá miraba a Maia, pero da igual.
-Eso, Ashley-dijo como si acabase de acordarse. Crucé los brazos por debajo de mi pecho, y puse los ojos en blanco.
-Ash y yo nos tenemos que ir-Maia fingió que tenía prisa, no quería estar cerca de él ni en broma, se lo noté por lo nerviosa que se puso al acercarse ellos.
-Sí, tenemos una conversación pendiente con... Carla-añadí al ver a la pelirroja con la que compartíamos casita pasar por delante nuestra. Agarré a Maia, y salimos detrás de Carla.
-Gracias, Ash.
Se había convertido en una costumbre que Maia me llamase así. Al principio me recordaba a cuando hablaba con Sylvia, pero en el fondo me agradaba que alguien volviese a llamarme así.
-No importa-contesté-Ya sabes, siempre que necesites huir, avísame.
Maia se rió con serenidad. Desde que nos habíamos alejado de esos dos no estaba tiesa como el palo de una escoba. Nos acercamos a hablar con Carla para disimular. Además pude ver que Maia estaba interesada en alguna cosa que tenía relación con ella.
-Carla-la llamé, y se acercó a nosotras con una dulce sonrisa, es bastante simpática, un poco tímida, y muy inteligente-¿Qué tienes en la siguiente clase?
-Matemáticas-contestó mirándonos a los ojos, primero a mi, y luego a Maia-¿Y vosotras?
Las dos bajamos la mirada al horario que teníamos en las manos. Sonreí.
-Matemáticas-contestamos Maia y yo al unísono, y después de mirarnos nos reímos. Vi a Gabriel hablando con Jackeline en la mesa de al lado. Les miré un poco de reojo, esperando a que acabasen de hablar para acercarme a él.
-Oye, Carla, ¿hace mucho que Alex y tú os conocéis?-le pregunto con curiosidad Maia.
-Pues hará unos tres o cuatro años, somos vecinos-contestó con timidez.
Miré a Maia. Esta chica me preocupa un poco. El otro día la pillé espiando a Alex y Carla mientras hablaban de no sé qué cosa, tampoco me importa. A ver, no me importa de lo que ellos estuviesen hablando. Le dije a Maia que era de mala educación, y ella se rió. Y después añadió algo de qué alguien le había dicho lo mismo hace poco. Así que me estoy planteando que quizá... A Maia le pueda gustar Alex, ¿no? Por eso pregunta por él. Por eso les espiaba. Por eso habló con alguien por el móvil el otro día de él. ¿No? Las dejé solas, y me acerqué a Gabriel, que estaba hablando ahora con Marcos, y Amina.
-¿Todos tenéis mates ahora?-preguntó él con fastidio, y miró los horarios de ellos dos-Pues vaya.
-¿Qué pasa?-le pregunté, y le dediqué una sonrisa.
-¿Me enseñas tu horario?-me preguntó con los ojos brillantes. Me encantaban sus ojos. Y su voz. Y las sonrisas que me dedica. Y... Dejémoslo ahí. Me incliné para mirar su horario, para compararlo con el mío. Arrugué la nariz, y torcí los labios.
-Hoy sólo coincidimos a la hora de plástica... y a última, en gimnasia.
Él cogió mi horario, y comprobó el día de hoy. Suspiró, dándose por vencido.
-Estáis todos juntos, menos yo-se quejó.
-No qué va, a mi me tocan las mismas que a ti-le comentó Alex con su particular tono de diversión. Me di la vuelta, se acercaba a hablar con nosotros. Me estaba sonriendo.
-Pues qué alegría-contestó Gabriel con ironía.
Alex soltó un par de carcajadas, y se colocó a nuestro lado. Le miré.
-Se que no soy tan guapo como Ashley, pero no te quejes, por lo menos tienes compañía.
Me sonrojé al escucharle hablar de mí, y miré a Gabriel, que contenía la risa como podía. Me miró, y me sonrojé todavía más.
-Pues vaya compañía-volvió a contestar con tono irónico, pero después se rió, más animado que antes. En ese momento Lainne nos llamó la atención, era hora de que nos fuésemos a la siguiente clase. Maia, Carla y yo salimos enseguida hacía el aula de matemáticas.
-¿Y vives sólo con tu padre?-preguntó con curiosidad Maia, mirando directamente a los ojos a Carla, ella rehuyó su mirada.
-Sí, mi madre murió hace muchos años, no la conocí-contestó Carla, miró de reojo la reacción de Maia, que al principio abrió un poco los ojos, y después volvió a ponerse seria.
-Mi padre murió hace un año-confesó Maia, se le quebró la voz al acabar la frase. Las miré a las dos, Carla no sabía qué decirle. Yo tampoco. Ahora Maia estaba inmersa en sus pensamientos. Carla y yo nos miramos, me sonrió con tristeza, y decidimos no decir nada.

Cada vez estaba más ansiosa porque llegase la hora del recreo. En la clase de matemáticas Maia me ha estado evitando, he intentado un par de veces empezar una conversación con ella, pero siempre me decía que quería escuchar, o rehuía mi mirada. He empezado a preocuparme por ella. Lo que nos ha contado me ha dejado bastante triste. ¿Quién podría haber querido matar a su padre? Al acabar la clase a salido como un huracán de la clase. Carla se ha acercado a mi con su carpeta, y sus libros en brazos, con cara preocupada, y sus ojos azules con un resplandor de preocupación.
-¿Crees que deberíamos decirle algo?-me preguntó con la voz desolada, parecía que estaba muy mal, que lo que había dicho Maia le afectase, y bastante.
-¿Por qué te preocupas tanto por ella?-le pregunté, intentando que notase que también me preocupo por ella. Pareció dudar, seguía dudando mientras salíamos de la clase, y nos íbamos a la clase de historia.
-Mi madre... mi madre...-empezó a decir, pero supe que no iba a acabar de decir lo que estaba intentando contarme.
-No importa, Carla, sea lo que sea, no hace falta que me lo cuentes.
Sus ojos parecían llenos de lágrimas. Hoy no es un buen día, todos están sensibles.
-Gracias, Ash-me agradeció, y después de regalarme una tímida sonrisa me abrazó con fuerza. Al principio me sorprendí, pero después la abracé-En otro momento te lo contaré.
Y eso fue una promesa.
Aunque no me importa si no lo hace, sé que sea lo que sea, le duele hablar de eso.
Durante esta clase de historia estoy más en la luna que prestando atención al profesor. No es que me preocupase nada en particular. Bueno sí. Me preocupa el comportamiento de Maia después de eso. Y también que a cada momento hace más calor. Espero que no dure durante todo el día.
-Durante estos primeros meses repasaremos lo que ya sabéis acerca de la prehistoria, Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma, la edad media...-siguió diciendo cosas, hasta que algo volvió a llamar la atención-Pero lo estudiaréis desde otro punto de vista, en algunos periodos de la historia sólo conocemos un poco, pero de otros tenemos su mitología, sus leyendas, incluso libros que hablan de cómo vivían, qué hacían o en qué creían. Incluso elegiremos dos o tres periodos, y tendréis que vivir así durante una semana, pero eso será más adelante, ya veréis. La historia es... fascinante.
Este profesor está un poco chalado. ¿¡Vamos a vivir durante una semana como qué!? Está claro que Moon College no es una escuela muy normal. ¿Lo sabrían los padres ricos de todos estos alumnos?
Jackeline estaba sentada con Amina delante de Maia y de mí. Estaban hablando, más bien cuchicheaban sobre alguna cosa, Maia las miraba de reojo, sin perderse ningún detalle. Me quedé pensativa el resto de la clase. ¿Qué puedo decirle a Maia? Ha sonado el timbre, y otra vez, Maia ha salido disparada de la clase. He recogido mis cosas lo más rápido que he podido, y he salido por la puerta, con tan mala suerte que me he echado encima de alguien, y hemos caído al suelo, me he levantado con rapidez. He comenzado a recoger mis cosas.
-Lo siento-he dicho sin tan siquiera mirar a quién he tirado al suelo.
-No importa, Ashley-me contestó la voz de Gabriel.
Levanté la mirada, sorprendida. Me miraba, y sonreía con tranquilidad. Me ayudo a recoger las cosas que habían caído al suelo.
-Gracias.
-¿Por qué salías tan rápido?-me preguntó con mucho curiosidad, mientras me tendía mi libreta, la cogí.
-Quería hablar con Maia, pero ha salido muy rápido.
-¿Os ha pasado algo?-preguntó con preocupación, le miré, tenías las cejas y los labios fruncidos.
-Sí. No. Bueno, no es nada importante.
Se quedó mirándome. En sus labios asomó una pequeña sonrisa, levantó las cejas, y me miró a los ojos. Después preguntó con paciencia:
-¿En qué quedamos?
Aparté los ojos de él. Y seguí andando, él me acompañó. Era la hora del recreo, así que fuimos hasta el patio. Intenté buscar con la mirada a Maia.
-No me vas a contestar, ¿verdad?-me preguntó con resignación
Suspiré.
-Es que... no creo que Maia quiera que lo sepa mucha más gente.
Gabriel levantó la cabeza, y miró al horizonte. Asintió.
-Está bien-se quedó quieto unos segundos, y después volvimos a andar-¿Qué tal las clases?
-Bien, supongo-le contesté sin prestarle mucha atención. Acababa de vislumbrar una cabellera rojiza. ¿Carla? Puedo hablar con ella, para que hagamos algo para animar a Maia.
Gabriel se rió.
-¿No has estado muy concentrada?
-¿Por qué piensas eso?-le pregunto mirándolo a los ojos castaños. Son tan bonitos que puedo perderme en ellos. Parece que las preocupaciones van desapareciendo poco a poco. Gabriel rompe el contacto visual.
-Porque ahora tampoco lo estás, y supongo que es por lo que haya pasado con Maia.
-Muy observador.
-Sí-contestó él con calma-Carla se ha ido por allí.
Y miró hacía el lugar en el que había visto desaparecer a la chica pelirroja. Miré en la misma dirección.
-Gracias-respondí avergonzada-Pero supongo que nuestra conversación puede esperar.
-¿Estás segura que Carla puede esperar?
-Sí-asentí con energía.
Y supongo que Maia también puede esperar.

La clase de plástica era muy amplia. Sus paredes eran todas iguales, era una habitación cuadrada. Había estanterías sin montar, cajoneras apiladas en el suelo, cajas de cartón llenas de materiales. Y más. La profesora parecía entusiasmada, y enseguida toda la clase nos contagiamos de ese entusiasmo. Hablamos de sus clases, de todo lo que quería que aprendiésemos, de lo divertidas que serían las clases.
-Bueno chicos, quiero empezar con un trabajo en grupo-nos comentó con una amplia sonrisa. Se apartó el cabello de color negro, que despuntaba algunas mechas de color azul oscuro. Sus ojos castaños brillaban con ilusión. Todos nos pusimos nerviosos enseguida al oír lo de trabajo en grupo. Las miradas iban de unos a otros, los amigos se buscaban entre ellos.
-No os hagáis tantas ilusiones-añadió la profesora ocultando una sonrisita-Yo organizaré los grupos, pero primero hablemos del trabajo. Quiero que diseñéis bocetos para pintar las paredes de la clase. Creo que todos coincidimos en que esto no parece una clase de plástica, ¿verdad?
Todos le dimos la razón. Necesitaba que pareciese un taller de artistas. Y eso mismo dijo la profesora.
-Bien, pues primero elegiréis un tema entre todos los del grupo, después los dibujaréis en una hoja A3. Y por último, cuando yo le de el visto bueno al boceto lo pintaréis sobre las paredes. Es obligatorio que todos participéis. Lo que queda de clase la dedicaremos a elegir el tema.
Y después de decir esto se dispuso a ponernos en diferentes grupos. Nos fue separando, y mandando a diferentes mesas. Después volvió a revisar los grupos, e hizo un par de cambios. Por lo que en un mismo grupo quedamos Jackeline, Amina, Marcos, Gabriel, un chico que se llamaba Richard y yo. En otro estaban Carla, Alex, Maia, Samuel, Jessica y un chico más, al que escuché que todos llamaban Enrique. Nos sentamos en una mesa, la profesora Martínez nos dio varias hojas blancas por si queríamos apuntar cosas. Tuvimos una pequeña discusión, pero al final pudimos solucionarlo, pero Jackeline parecía que no estaba de acuerdo con la solución a la que habíamos llegado. Entre Amina y Gabriel intentaban convencerla. Miré al resto de las mesas, en todas o están discutiendo en ese preciso momento, o había alguno como Jackeline, que no aceptaban lo que el grupo decían. Me quedé mirando a Maia, estaba con los labios apretados, con los ojos fijos en la mesa, y sobre la mesa tenía los brazos cruzados. Samuel estaba hablando, y riéndose, sentado al lado de Maia. Que cada vez estaba más enfadada.
-Oh, está bien, está bien, el tema será la mitología-se dio por vencida Jackeline, pero no acababa de estar del todo convencida-¿Y qué hacemos?
Jackeline me miró a los ojos. El resto del grupo también lo hizo. Suspiré. Yo había dado el tema, tendría que dar también la primera idea. Lo pensé. Repasé todo lo que sé de mitología. Según iban pasando los minutos, Jackeline fue cambiando su expresión de fastidio por la de alegría. Si yo me daba por vencida en ese momento, entonces ella habría ganado esta vez. Y si lo que quiero es caerle bien, tendré que convencerla.
-Sirenas-añadí rápidamente.
La sonrisa de Jackeline se rompió. Se quedó mirándome fijamente sorprendida, y poco a poco volvió a sonreír, ahora con más amplitud. Y con sinceridad.
-¡Es una idea estupenda!-exclamó encantada Jackeline, miré al resto del grupo, todos parecían conformes con mi primera idea, aunque me pareció ver que Amina torcía la boca, pero tan rápido como apareció el gesto, desapareció, regalándonos una sonrisa un poco forzada.
-¿Qué más podemos hacer?-preguntó Richard.
Jackeline levantó la vista de la hoja de papel en la que estaba apuntando el tema, y la primera idea. Me miró con los ojos brillantes.
-Podemos poner algún dragón, ¿no?-añadió Gabriel, mirándonos a todos, evaluando nuestras reacciones. Aceptamos todos, sonreí. Me parece que somos el único grupo que ya no discute.
-¿Habéis oído hablar de Cerbero?-nos preguntó Amina, con una sonrisa extraña en sus labios. Asentí. A parte de Richard y yo, nadie más había sabía qué era. En ese momento sentí curiosidad por Amina-¿Quieres contarlo tú, Ashley?
La pregunta me sorprendió bastante. Me quedé muda. Su tono de voz era dulce, amistoso, pero me pareció que enmascaraba algo.
-Sí, claro-contesté, y me precipité, emocionada, a añadir-Cerbero forma parte de la mitología clásica, vamos de Grecia y Roma. Era uno de los guardianes del reino de Hades, sumergido en el Inframundo, donde habitaban todas las almas. ¿Todos habéis visto la primera película de Harry Potter?
-Sí-contestaron todos al unísono, me miraban esperando que les definiese al ser mitológico. Incluso Amina, que sabía lo que iba a contar, me miraba expectante, con su sonrisa extraña.
-Entonces sabréis quién es Fluffy. Y más o menos es así, sólo que por lo que yo tengo entendido tiene cola de dragón. Pero supongo que eso da igual-añadí encogiéndome de hombros.
-Guay-soltó Marcos.
Me di cuenta de que todos estaban encantados. Pero la clase finalizó en ese instante. Salimos del aula, y volvimos a separarnos en varios grupos. Me acerqué a Maia. Ella comenzó a andar mucho más rápido, casi corría, me dejó sola en medio del pasillo.
-¡Solo quería preguntarte por qué estabas tan enfadada en clase de plástica!-le grité desde lejos, aunque ya estaba muy alejada para poder escucharme. Suspiré. Bajé los hombros, rendida. Comencé a andar hacía la siguiente clase. Inglés. Perfecto, así podría evadirme de todo.
En esta clase, harta de que Maia pasase de mi, decidí sentarme con Carla. La clase comenzó. Ya me estaba aburriendo unos segundos después. Así que en una de las hojas blancas que me había guardado de clase de plástica empecé a dibujar una sirena. En pequeño, para enseñárselo después al grupo. La hice sentada, con su larga cola, con el cabello largo y rizado, con una lira en las manos, y unas notas musicales saliendo tanto del instrumento como de sus labios gruesos. Se daba cierto aire a alguien, pero no caigo en quién. Carla se inclinó para ver qué hacía. Le tendí el dibujo, y ella lo observó maravillada.
-¡Dibujas genial!-exclamó encantada. Me sonrió.

Después de dos clases más, salimos del edificio principal, y nos acercamos al comedor. En la puerta ya se podía oler a queso fundido. Suspiré. Traspasamos la puerta de cristal, las mesas eran azul celeste, las sillas blancas. Nos acercamos a la fila para servirnos las comida. Cogí macarrones con queso. Un plato de ensalada con mucho maíz. De postre unas natillas. Me invitó a sentarme en su mesa. Jackeline, ella me invitó. Gabriel sonrió cuando vio que me acercaba, a mi lado venía su prima. Por detrás venían Carla, Amina y Maia. Nos sentamos todos en la misma mesa, con Marcos y Alex.
-Me ha encantado la idea que has tenido para plástica-comentó encantada Jackeline.
-La verdad es que ha sido genial-añadió Amina, que dicho esto empezó a comer.
-Gracias-respondí un poco avergonzada por tanto halago.
-¿Os ha enseñado el boceto?-preguntó Carla. Me sonrojé. Se me había olvidado que tenía el dibujo de la sirena doblado y guardado en el bolsillo del pantalón.
-¿Qué boceto?-preguntaron al unísono Amina y Jackeline, las dos me miraron. Saqué el papel arrugado del bolsillo, y se lo dejé para que lo viesen.
-No es nada-les expliqué-Me aburría en clase.
Amina sostenía el dibujo, y los ojos de las dos no se perdían ni un detalle del dibujo. Jackeline estaba sorprendida, con los ojos muy abiertos, y en la boca se le iba formando una sonrisa cada vez más grande. Amina pareció un poco incómoda ante el dibujo al principio, pero después simuló estar encantadísima.
-¡Es la sirena más real que he visto nunca!
-No es para tanto, Jack-le contesté con las mejillas sonrojadas.
Jackeline abrió la boca para decir algo, pero en cambio lo que hizo fue pasarle al resto el dibujo.
-Oye Alex-dijo de pronto Maia, llamando la atención de todos-Carla me ha dicho que sois vecinos desde hace unos tres años, ¿dónde vivías antes?
Alex levantó la cabeza, y miró a Maia, durante un segundo pensé que en sus ojos se reflejaba algún tipo de odio, pero fue tan solo un segundo. Creo que lo imaginé.
-El trabajo de mi padre le impide instalarse mucho tiempo en algún lugar-contestó Alex con la mirada fija en Maia, ella tampoco rompía el contacto visual.
-¿Y de dónde eres?-preguntó Maia.
-De ningún sitio en particular-contestó Alex con tono amenazador.
Se miraban, sin apartar los ojos. Carla miraba primero a Maia, y después a Alex, como si no entendiese de qué hablaban. Ninguno los entendíamos.
-En algún sitio nacerías, ¿no?-insistió Maia mirándole con profundidad.
-Sí, pero al poco me marché, para no volver allí.
-¿Y por qué no vas a volver?
Ellos estaba uno enfrente del otro, y cada vez se juntaban más. Miré a Gabriel, parecía inquieto. Pasé la mirada de Gabriel a Jackeline, ella los miraba intentando entenderlos. Amina intentaba ocultar una sonrisa traviesa. Marcos buscaba a alguien con la mirada, pero se estaba enterando de todo lo que pasaba.
-Porque ahora estoy aquí, y antes estuve en Francia, con Carla, no soy de ningún sitio porque me gusta viajar-contestó Alex después de unos minutos. Se había pensado muy bien la respuesta. Maia bufó. Ahora parecía muy enfadada. Se levantó de la mesa, y se fue del comedor. Me quedé paralizada. ¿Qué está pasando entre estos dos?

Las conversaciones.

sábado, 24 de octubre del 2009 a las 15:28

           A la hora del desayuno ya había conocido a mi compañera de dormitorio, y al resto de las chicas de la casita. Por ahora mis emociones estaban a raya. Voy bien. Sólo me preocupa el sobresalto del despertador esta mañana. Cuando han llamado a la puerta, alguien a abierto, las voces de cuatro chicos han inundado el salón. Después de cruzar unas palabras con Ashley, mi compañera de habitación, salí al salón, y vi a tres chicos sentados de espaldas a mí. Uno tenía el cabello rizado castaño. El chico que estaba a su lado era rubio, y parecía que no había visto un peine en su vida. El tercer chico era el que menos destacaba, por lo menos de espaldas, tenía el cabello corto, de color castaño. Estaban sentados en unos taburetes altos, había más de los que pude ver la noche anterior. Me senté en el que estaba más apartado. Cerca del chico que pasaba desapercibido. Movió su cabeza, para mirarme mejor, le sostuve la mirada, mientras Ashley se acercaba a mi. Tenía unos ojos maravillosos, de color celeste, me miraba con profundidad. No pude evitar suspirar. Ninguno de los dos rompió el contacto visual hasta que Ashley se interpuso, sin querer, entre nosotros. Desvié la mirada hacía ella. De repente salieron de la otra habitación dos chicas, de mi edad, no me fijé mucho en ellas. La chica de los ojos violetas responde al nombre de Amina. De lo poco en lo que me fijé, los ojos de Amina me resultaron bastante interesantes, el color que tenían eran casi únicos. Mucha gente hubiese pensado que eran azules, por la luz, pero no, no lo son. Además tenían un brillo que no supe identificar. Al ver que la observaba me dedicó una gélida sonrisa, y tuve que desviar la mirada de ella. Vi como la otra chica se sentaba al lado del chico del que al principio no me había fijado. Ya he cometido un grave error. He de estar mucho más atenta. Empezaré buscando a mi prima, no conozco su apellido, pero sé que se llama Carla, y espero que se parezca un poco a mi familia, porque si no, lo voy a tener algo crudo para encontrarla. Salí de mis pensamientos cuando vi a Ashley dispuesta a marcharse, pero el chico del cabello rizado la detuvo, y ella se puso un poco nerviosa. Además algo colorada.

 

 

 

            Jackeline y Amina se encuentran tres filas por delante mía. A mi lado están Gabriel, y Ashley. El auditorio se encuentra abarrotado, los alumnos, y alumnas no paran de hacer comentarios, se ríen... Vamos que se relacionan entre ellos. Me encantaría poder hacer lo mismo que ellos, pero parte de mi plan es pasar lo más desapercibida posible. Para que Carla no piense algo malo, porque si sabe que mi padre mató a su madre no querrá acercarse a mí. Y si mi madre tiene razón, quizá alguien de la Estaca de Plata esté con ella, vigilándola. Miro las espaldas de las dos muchachas, Jackeline tiene el cabello rizadísimo, y largo, de color rubio, lo mueve un poco cada vez que se acerca a hablar con Amina. Mi concentración tiene que ser máxima. La han nombrado. Sí. Se que han dicho algo de Carla. Lo que no sé, es si es la Carla que yo busco. Concéntrate, Maia. Concéntrate, por favor.

            -¿Crees que es maja?-preguntó Amina levantando las cejas, esperando la respuesta de su amiga.

            -¡Claro!-exclamó encantada Jackeline.
            -¿Estás segura de que podemos confiar en ella?-volvió a pregunta Amina, con voz escéptica.

            -Vamos, ya te he dicho que sí.

Jackeline se apartó con la mano el cabello, que se movió en ondas. Las dos se miraron, sonrieron, la fina cara de Amina aún parecía un poco escéptica, pero aún así hizo caso a su amiga. Parece que Jackeline es la líder. Quizá pueda tener unas palabras con ella. Puede que me ayude.

            -¿Y qué me dices de Ashley?-preguntó con voz burlona Amina.

            -Que se cree que Gabi se va a fijar en ella, pero no sabe lo de Sarah-las dos chicas se echaron a reír.

Sobre el escenario del auditorio apareció una mujer, tenía una cara amigable. Comenzó a hablarnos, al principio parecía que Jackeline y Amina iban a prestarle atención a la joven directora, pero no fue así.

            -¿Qué te parece si ponemos a Ashley en su sitio?-le preguntó en susurros Amina a Jackeline. Ella soltó una suave carcajada que apenas se escuchó, y susurró un pequeño sí. Tenía todos mis sentidos puestos en ellas dos. En su conversación. Escuché de fondo a la directora hablando sobre no sé que de unos clubes.

            -En la vida pertenecería a alguno de estos clubes, me parecen una tontería, ¿tú qué piensas?-le preguntó Jackeline a Amina, la chica de los ojos violetas negó con la cabeza.

            -Dudo mucho que haya un club para mí-contestó con un deje de grandeza.

            -Ja, ja, ja-se rió Jackeline, aunque noté en su risa un toque de falsedad. ¿Entendía realmente las palabras de Amina? Aparqué esa pregunta, no era de mi incumbencia todo eso que hablaban de ellas, lo único que quiero es que me digan quién es Carla de toda esta gente. Me permití buscar con la mirada entre la gente. Tres filas por delante mía había una pelirroja, en la fila sexta también, incluso en la segunda fila del principio habían un par. ¡Me cachis! Pues vaya, así no la voy a encontrar... Y no he tenido en cuenta que quizá no sea pelirroja. Bufé muy bajito. Empiezo a estar nerviosa. Venga, Maia, no seas así. Me recuerdo que tengo todo el curso por delante para poder encontrarla. Espero no necesitar tanto tiempo. Ashley se ha inclinado a mirar algo. Me concentro todavía más en la conversación que mantienen ellas dos.

            -Que rollazo-se quejó abiertamente Jackeline-Exámenes dentro de una semana, y además de latín... ¿pero no es una lengua muerta?

            -Sí, no entiendo por qué nos hacen aprenderla-le apoyó Amina, después puso su codo en el reposabrazos, y puso su cara encima de la mano. Bufó.

Me quedé pensando en eso. Me estoy perdiendo el discurso de la directora, y estas dos no hacen otra cosa que criticar a la gente. Un trocito de lo que decía la directora se coló por mis sentidos que estaba centrados en Jackeline y Amina.

            -Por cierto, casi se me olvida- agrega la mujer rubia que estaba en el escenario-Soy Clarissa Salem, y aunque no haga falta decirlo-nos sonrió, y añadió-Yo dirijo Moon College, si os metéis en algún lío, vendréis a verme, si vuestros profesores se quejan de que no sois eficientes, vendréis a verme, y podría seguir enumerando las formas en las que tendríamos que vernos en mi despacho, pero estoy segura de que os comportaréis los mejor posible-volvió a regalarnos una preciosa sonrisa. Me volví a centrar en  ellas dos, esperando que dijesen algo más de Carla, para saber si era la que yo estaba buscando. Me centré en ellas dos, aparté el resto de cosas de mi mente.

            -¿Crees que la veremos en su despacho algún día?-preguntó con voz pícara Jackeline, Amina ladeó su cara, y vi una sonrisa asomar en sus labios. Se me paró el corazón. Esa sonrisa era más una amenaza que otra cosa. Verdaderamente no me juntaré con Amina. Da miedo.

            -Sabes que sí, como en el internado en el que nos conocimos-le contestó Amina, y volvió a apoyar su cara en su mano. Me quedé quieta, casi sin respirar, vi a Amina darse la vuelta. Me estaba mirando. Con los ojos brillantes, con una sonrisa como la que le acababa de dedicar a Jackeline. Cuando vi que me dirigía su sonrisa, me entró el pánico. ¿Lo sabe? ¿Sabe que las estoy escuchando? Centré mi mirada en la directora, que ya había vuelto a situarse en el escenario. Escuché las últimas palabras de la directora.
            -Si tenéis alguna duda más, dirigiros a vuestros tutores, por cierto, necesito que se presenten en mi despacho tres alumnas, os comunicarán quienes sois, nos vemos en media hora-después se quedó mirándome durante unos segundo. Me está mirando. Sin duda, mientras todos se van levantando, me quedo sentada en mi butaca. No se mueve, no cambia de dirección su mirada. Clarissa Salem sabe quién soy. No, no sólo eso. Sabe qué soy. Suspiro. El pánico vuelve a recorrer mi cuerpo. Primero Amina me dedica esa horripilante sonrisa, y ahora Clarissa. ¿Sabrá también Amina lo que soy? Estoy casi segura de que no lo sabe. Pero la directora... Ya está. Me voy fuera. Adiós a mi súper plan de rescate para Carla. Estoy a punto de levantarme cuando veo brillar los ojos de la directora. ¿Qué puede saber ella? Me levantó con paso precipitado, no quiero que vea mi cara, ando por el pasillo hasta el final sola, con paso lento. Si dice que me tengo que ir porque soy una vampira (aunque eso no es exacto) le diré que no tiene ninguna prueba. Que se basa en leyendas infundadas. Suspiro. Estoy un poco paranoica, no puede saberlo, los humanos no creen en esas cosas. Echo a correr.

 

 

 

            -Ashley A. Jones-contesta mi compañera de dormitorio a  una pregunta muda. He decidido acercarme a ella. Pobrecita, no sabe lo que le espera con Jackeline y Amina. Voy a ayudarla. Espero que sea suficiente con mi ayuda para que no quede en ridículo delante de esas dos creídas. Al principio he pensado que Amina podía llegar a ser maja. Pero qué va, después de la mirada que me ha dedicado... Puede que le pregunte a Jackeline sobre Carla, aunque tenga que amenazarla con algo para que me conteste. Me toca a mí, me tienden una caja blanca en la que va un wi-fi. Supongo que han hablado sobre esto en la reunión. Ya me enteraré. El hombre me pregunta algo.

            -Maia Lucci-contesto sin prestarle mucha atención, me mira como si me estuviese esperando hace horas. Me tiende un carné con una foto mía, estoy dispuesta a irme cuando me detiene.

-La directora quiere verla en su despacho-me informó con una voz que no admitía réplicas. Después de mirarme otra vez, para asegurarse de que era realmente yo, se dio la vuelta.

            -Lainne-llamó a alguien, giré la cabeza, pude ver a una mujer que no era muy alta, tenía la cara no muy fina, su piel era como la porcelana, pero no era tan blanca como yo. Tenía los ojos rasgados, llevaba un kilo de rimel en las largas pestañas, sus ojos eran miel líquida que parecía estar en movimiento. Me miró. Sonrió con dulzura, llevaba mucho brillo en sus finos labios. Iba vestida con unos vaqueros piratas, y una camiseta de tirantes blanca, con el símbolo de Moon College.

            -La señorita Lucci debe ir al despacho de la directora Salem, la está esperando-le explicó el hombre a Lainne. La mujer asintió, sin decir nada más, y me llevó con ella hasta el despacho de la directora. 

 

 

 

            Cuando llegué una muchacha de cabellos largos, con los ojos brillantes de color azulado, se marchaba del despacho de Clarissa Salem. Me miró con curiosidad cuando pasó a mi lado acompañada por un profesor. Me sonrió. Me puse seria, mientras me senté al lado de Lainne a esperar a que la directora estuviese dispuesta a verme. Supongo que esto tiene que ver con lo que ha dicho sobre que quería ver a tres personas en su despacho. La muchacha del cabello negro, ondulado y largo era una, y yo otra. Me faltaba la tercera persona. Escuché pasos en el despacho, me concentré. La conversación ya estaba empezada.

            -¿Entonces tienes lo que te pedimos?-preguntó una voz amable, la reconocí como la de Clarissa. Me concentré más, mis sentidos estaban todos puestos en ella.

            -Si, directora-contestó una voz que mostraba intranquilidad.

            -Por favor, llámame Clarissa-añadió enseguida la directora, con la voz llena de clama. Aún no lo podía escuchar con claridad. Me concentró más, hago que el resto de ruidos externos al despacho desaparezcan. Me siento como si estuviese allí dentro. Hay una tercera persona que respira con tranquilidad. El corazón de alguien va demasiado rápido, supongo que es el de la muchacha que hay dentro. Escucho un crujido, como el del papel al desplegarse, unos pasos, algo que cae al suelo, ella se agacha a recogerlo, lo arrastra un poco por el suelo. Después le tiende los papeles a Clarissa. Los agarra, se sienta deprisa en su silla, mueve la silla hacía delante, tiene ruedas. Alisa los papeles sobre su escritorio. Pasa el primero después de unos segundos. En algunos tarda más que en otros. Sólo hay tres papeles, pero parece que haya leído seis, deben estar escritos por las dos caras.

            -Creo que funcionaran, no acabo de estar del todo segura, pero si me ayudan, lo lograré.

            -Confiamos en ti, cariño-le animó la directora Clarissa-Pero lo de que no hablaremos en latín quedará entre nosotras, ¿verdad?

            -S-sí, claro-tartamudeó un poco, debía ser vergonzosa, o a solas la directora debe de ser muy imponente.

            -Bien, porque no quiero que se crean que en realidad no les hace falta estudiar para esos exámenes, somos muy exigentes, y queremos que todos nuestros alumnos estén bien formados.

            -Lo entiendo, directora.

            -Clarissa, llámame Clarissa-le corrigió con ternura.

            -Sí, Clarissa.

            -Pues creo que estos temas están solucionados, dentro de una semana te mandaré a buscar para que acabes el trabajo.

            -De acuerdo... Clarissa-se acordó de añadir la muchacha.

            -Puedes marcharte.

La puerta se abrió de repente, me asusté, estaba demasiado concentrada. ¿Cómo no he oído los pasos? Salió una muchacha pelirroja, tenía el cabello ensortijado, los ojos azul oscuro, y una nariz redondeada. Me puse en pie de un salto al verla. ¡CARLA! Tiene que ser ella. Estoy a punto de acercarme cuando veo a un hombre fuerte que sale detrás de ella, él era la tercera persona que había dentro. Seguro que él era el que había abierto la puerta. Por eso no me he dado cuenta. Estaba justo al lado de la salida. Miré hacía dentro por un segundo, vi a Clarissa Salem de pie, invitándome a entrar.

            -Bienvenida, Maia Lucci.

            -Buenos días-contesté, iba a añadir su nombre, pero me contuve.

Lainne me siguió cuando me puse a andar, pero Clarissa Salem negó con la cabeza.

            -Lainne, esto es una conversación privada, ocúpate de que no entre nadie a este pasillo, quédate fuera, por favor.

Lainne asintió, salió del despacho, y cerró la puerta tras de sí. Escuché sus pasos alejarse.

            -¿Crees que está lo suficientemente lejos como para no escucharnos?

Me sobresalté cuando me preguntó eso. Clarissa me sonrió abiertamente. Después se sentó en su silla con ruedas, como yo ya había imaginado por el sonido.

            -Directora, yo no lo puedo saber-mentí intentando que no se notase mi asombro.

            -Tranquila, Maia-me pidió con calma, empecé a relajarme un poco-Siéntate por favor.

Hice lo que me había pedido, me senté en una silla que era muy cómoda, apoyé mi espalda en el respaldo. Miré a Clarissa Salem.

            -¿Sabes que no es de buena educación escuchar las conversaciones ajenas?

Me quedé de piedra por unos segundos. Asentí tímidamente. Sus ojos brillaron con intensidad.

            -Pues ya es la segunda vez que te pillo haciéndolo, espero que en mi presencia no lo vuelvas a hacer nunca, ¿de acuerdo?

            -Sí, dir-recordé lo que le había dicho a la chica de ante, la que creo que es Carla, ella ya lo sabe, no voy a seguir mintiendo-Clarissa.

Me sonrió. Me quedé quieta, sólo se movía mi pecho al captar el aire, y al soltarlo.

            -Bueno, bueno-suspiró-Me alegra tener aquí a una semivampira...

            -No lo soy-negué rotundamente.

Clarissa Salem me dedicó una sonrisa que me enseñó todos sus perfectos y blancos dientes. Me miró, levantó las cejas, y me preguntó:

            -¿Así que no lo eres?

Su voz sonaba escéptica, no me creía. No contesté.

            -Te voy a contar un pequeño secreto-me comentó como el que no quiere la cosa-Yo tengo una especie de... don, llamémoslo así.

Tragué saliva. La miré con toda mi atención puesta en ella, en sus palabras.

            -Tengo el... don de saber qué don tienen los demás, o qué son-me informó con voz orgullosa, me miró con sus ojos plateados brillando por el triunfo de haberlo conseguido. Me quedé pensativa un momento.

            -Bien, entonces no tendré que mentirla, Clarissa-contesté con la voz ronca-pero no puede echarme por lo que soy.

            -¡Claro que no te voy a echar!-contestó entre carcajadas. Tenía una risa alegre, bonita.

            -Entonces, no entiendo qué hago aquí-me encogí de hombros.

Clarissa juntó sus manos encima de la mesa, me miró con profundidad cómo si pudiese atravesarme con su mirada.

            -Quiero tratar varios asuntos contigo, sobre tu... alimentación.

            -Oh-exclamé, después sonreí-Creí que sabía que los...-pensé un momento cómo llamarme a mí misma, por si había alguien escuchando no lo dije-Los que son como yo comen todo tipo de alimentos, bueno, yo no soy alérgica a nada...

            -Me refiero a que como eres... mitad y mitad también tomarás...

            -Sí, claro-la interrumpí con una sonrisa, ella me dedicó otra cómplice-Pero sólo de animales.

            -Claro, animales-respondió Clarissa con una sonrisa-Pero por aquí no encontrarás muchos.

            -Pájaros, con los pájaros me conformo, tendré que hacerlo más a menudo de lo que quiero, pero no me importa-le comenté como el que no quiere la cosa. Ella asintió, dándose por enterada, pero aún sus ojos tenían alguna que otra cosa por decirme.

            -Si en algún momento no encuentras... lo que necesitas-sonrió-dímelo y te traeremos algo que sacie tu hambre.

            -De acuerdo, Clarissa.

            -El siguiente tema es el de salir por las noches, no quiero que vayas a por los pájaros de día, pero-añadió con la voz más autoritaria que le he escuchado-No saldrás los días de luna llena.

Me quedé pensándolo. Me acordé de algo que le había escuchado decir, pero a lo que no le había prestado mucha atención. Me vino de repente a la cabeza, como un flash.

            -¿Es por lo que ha dicho antes de no acercarse a las zonas frondosas?

            -Ajá.

            -¿Por qué?

            -Dejémoslo en que no eres la más peligrosa de Moon College.

Me quedé pensativa.

            -Está bien, Clarissa.

Me levanté del cómodo sillón, lo lamenté, era realmente agradable. Suspiré. Pero antes de que me alejase mucho de su escritorio, escuché su voz, otra vez, en ella había un tono de advertencia.

            -Si descubren lo que eres, estarás en peligro.

            -Lo sé, gracias, Clarissa.

Y sin mirarla salí de su despacho, crucé el pasillo, abrí la puerta que daba a fuera. Lainne me estaba esperando, me dedicó una sonrisa.

            -¿Ya habéis acabado?

Simplemente asentí. Me entregó mi wi-fi, y mi carné de alumna de Moon College. Después echamos a andar, me llevó hasta un hall en el que apenas quedaba gente, un par de profesores, con unos cuantos alumnos. Escuché una carcajada. Miré en esa dirección, me encontré a Samuel de lado, hablando con unas chicas. Ladeé la cabeza para intentar que mi cabello tapase mi rostro, para que no me reconociese. Lainne llévame al otro grupo. Pero cada vez nos acercábamos más a ellos. Intento parecer seria, guardar la compostura. Aunque en realidad me estoy muriendo de vergüenza por cómo traté ayer a Samuel. Él no tiene la culpa de que de repente a mi familia se le ocurriese ser sincera, y me hayan revelado los secretos después de dieciséis años. Levanto la cabeza un poco, el cabello se movió, dejándome la cara al descubierto. ¡Que mala suerte que tengo! Justo en ese momento, Samuel escucha nuestros pasos, llegando, acercándonos. Sus ojos chocolateados brillan, una nueva sonrisa se apodera de sus labios. Por instinto aparto la mirada de él. Cojo aire, todo el que mis pulmones son capaces de almacenar, y lo voy soltando poco a poco, para relajarme. Lainne está hablando con el profesor, no me importa lo que están diciendo. Después de cruzar unas cuantas palabras entre ellos, el profesor da la conversación por finalizada.

            -Bien chicos, ya podemos irnos a nuestro aula.

Y dicho esto, nos pusimos en marcha, entramos por un pasillo, al final había unas escaleras, que subimos. Después caminamos por otro pasillo, estaba todo muy iluminado, el blanco de las paredes y el suelo realzaban la luz que entraba por los grandes ventanales que habían. Llegamos a una clase, que como el resto del edificio era del mismo blanco, había mesas, y sillas, separadas de dos en dos.

            -Samuel, ¿te sientas conmigo?-escuché que una chica le decía.

Me quedé quieta, apreté los labios. Samuel me miró, con una mueca divertida. Aparté los ojos de él, pero seguía observándole por el rabillo del ojo. Me senté en una de las mesas que había al final de la clase, cerca de una de las amplias ventanas, que estaban abiertas. Hacía calor. Escuché piar a algunos pájaros. Sonreí al acordarme de qué le había dicho a la directora Salem.

            -¿Puedo?

Era la cálida voz de Samuel, me giré a mirarlo. Estaba sonriéndome, y seguía teniendo ese brillo en la mirada, el que le había aparecido al mirarme acercarme al grupo. Asentí sin decirle nada.

            -Antes de que llegase parecía que te divertías con algo-comentó sin acabar de darle mucha importancia.

            -Supongo-contesté acordándome de los pajarillos. De repente me entró sed. Miré a Samuel, me miraba con las ganas de preguntar pintadas en su rostro.

            -¿Y se puede saber por qué?-preguntó con educación, pero estaba a punto de echarse a reír.

            -Sí, se puede saber, pero a ti no te lo voy a decir-contesté con simpleza, después aparté la mirada de él, y la dirigí a la pizarra.

            -Sigues siendo una borde, me parece que el descansar empeora tu humor-murmuró lo suficientemente alto como para que sólo yo lo escuchase. Intenté ocultar una sonrisa.

            -Por si te interesa, sólo soy borde contigo.

            -Ya, pues no veo que hayas hecho muchos amigos todavía, ¿me equivoco?

            -Sí, te equivocas-contesté rápidamente, para no darle tiempo a que notase que era medio verdad lo que estaba diciendo.

Nos quedamos en silencio mientras el profesor se presentaba. Era Darío Scallio. Me quedé mirándolo. Era alto, con el cabello lacio, castaño, sus ojos eran brillantes, parecían negros, como una noche sin luna. Era moreno. Llevaba una camiseta de mangas cortas, que le dejaban ver unos bíceps bien formados. Sonreí.

            -¿Así que el profesor Scallio te gusta?-me preguntó Samuel después de ver qué mirada le echaba. Ladeé la cabeza lo mínimo para poder fulminarlo con la mirada. Él sonrió, me guiñó un ojo. Bufé. Este chico es un poco desesperante.

            -Centrémonos en las clase, ¿vale?-le pedí lo más educadamente que pude, aunque creo que no conseguí un tono demasiado amable, parecía casi exasperada por que me dejase en paz. Lo que era cierto.

            -Claaaro, préstale atención al profesor Scallio, no vaya a ser que se enfade contigo-contestó con un tono bastante irónico.

Durante las dos siguientes horas estuvo haciendo comentarios bastante estúpidos sobre Darío Scallio, también dijo que era un profesor bastante malo, y que con él no íbamos a aprender ni una pizca de latín, a lo que le contesté, rebotada, que si no quería a Scallio de profesor que se cambiase de grupo, que seguro que no tendría ningún problema. Pero para mi sorpresa me respondió que si se cambiaba no podría ver como me enfadaba con él. A lo que le respondí con otra mirada asesina. Me centré en mis apuntes de latín, no es el momento para que me echen de Moon College. Algo me vino a la cabeza, me acordé de la conversación que había estado escuchando. Clarissa le había dicho:

            -Bien, porque no quiero que se crean que en realidad no les hace falta estudiar para esos exámenes, somos muy exigentes, y queremos que todos nuestros alumnos estén bien formados.

La bienvenida

viernes, 16 de octubre del 2009 a las 16:56

            La alarma del reloj me despertó con un estruendo. Me levanté de un golpe, y fue entonces cuando me di cuenta de que había alguien en mi habitación. Fui de las primeras en irme a la habitación, y todavía no sé con quien me ha tocado. La otra chica también había salido disparada al escuchar mi despertador. Mi corazón se relajó un poco, todavía estaba un poco asustada. Intenté sonreír.

            -Buenos días-saludé a la muchacha, era alta, y delgada, llevaba el cabello muy corto, y de color castaño claro, y liso, sus ojos era azul oscuro, me estaba mirando fijamente, como si intentase saber algo.

            -Soy Maia-dijo con simpleza, pero sin dejar de quitarme los ojos de encima, me miraba de arriba abajo, buscando algo.

            -Ashley, yo me llamo Ashley-respondí un poco cohibida por su mirada, pude suspirar tranquila cuando Maia sonrió, y por fin quitó sus ojos de mí-siento que nos hayamos dado este susto.

            -No importa-respondió ella con el mismo tono, parecía que nada la sobresaltase, como si fuese un maniquí con vida, pero sin sentimientos. Me acerqué a la gran ventana, y subí la persiana, para dejar pasar más luz. La dejé a la mitad, esa única ventana le daba mucha luminosidad al cuarto. Me quedé un par de segundos allí, después me di la vuelta, y pude ver todo el cuarto mucho mejor que la noche anterior. Las maletas de Maia, y las mías estaban colocadas cerca de los dos armarios. La habitación era amplia, había una mesa larga con dos silla. Las camas estaban justo enfrente de la ventana, ahora estaban deshechas. Me acerqué hasta la mía, y comencé a hacerla, Maia no parecía una chica habladora, así que intenté ser amable con ella.

            -Ayer estaba muy cansada, y me metí en la primera cama que pillé, pero si te gusta más esta cama no me importa cambiártela-le ofrecí con una sonrisa, mientras remetía las sábanas debajo del colchón.

            -Sólo son camas-contestó con una sonrisa que me pareció sincera. No me había dado cuenta antes porque había poca luz, la piel de Maia era muy blanca, casi parecía nieve. La miré durante un par de minutos, hasta que sus ojos se cruzaron con los míos, y avergonzada acabé apartándolos. Me acerqué a mi armario, y comencé a sacar la ropa, y la coloqué en los cajones y las perchas. No pude acabar de acomodar mis cosas, porque no me iba a dar tiempo a ducharme, así que agarré la ropa que me iba a poner ese día, y salí de la habitación que compartía con Maia. Salí a un gran salón, tenía varios sofás, y un par de butacas, una televisión, una mesa. Había una tarima, con un par de escalones, luego estaba la cocina, no estaba cerrada, era en forma de L, el lado opuesto de la encimera más larga era una pared. Después había dos pasillos a cada lado, que acababan después de una puerta, la del cuarto de baño. Justo enfrente de mi dormitorio había otra puerta, la que supuse sería del resto de compañeras. Giré la cabeza hacía la derecha, y vi la puerta por la que había entrado allí la noche anterior, y un armario empotrado. Decidí averiguar después más cosas, y me fui al pasillo que estaba más cerca de mi habitación con mis cosas de baño.

 

            Al cabo de diez minutos, salí del baño con el cabello empapado, se me había olvidado coger el secador, y sólo me quedaba tiempo para desayunar con tranquilidad. Me iba abrochando el último botón de la camisa cuando escuche voces. Me encontré de frente con tres chicos que estaban sentados en nuestra cocina. Reconocí a Gabriel, y a Marcos. El otro me sonaba de la cena, pero no le había prestado demasiada atención. Me quedé paralizada durante unos segundos. Sin saber qué hacer.

            -Buenos días-saludé a todos.

Los chicos me miraron, y me contestaron con mucha amabilidad, me fui a toda prisa de allí, entré en mi dormitorio. Suspiré encantada de estar fuera de la atenta vista de tanta gente. Maia se me quedó mirando. Debía estar algo colorada.

            -¿Estás bien?-me preguntó, asentí con simpleza.

Maia salió del dormitorio compartido, y yo me quedé sentada en mi cama. Miré la puerta entreabierta, llené mis pulmones de aire, y decidí ir a desayunar. Me levanté, y crucé la puerta, vi a Jackeline sacando alguna cosa del frigorífico que teníamos en la cocina, el resto estaban hablando. Maia estaba aparta del resto, observando. O eso me pareció. Del otro dormitorio, en el que debía dormir Jackeline, salieron dos chicas. De mi edad. Una era alta, con la piel clara, el cabello le caía en bucles rojizos, y sus ojos eran azul oscuro, me pareció haberlos visto antes. Llevaba una camiseta de tirantes gruesos, de color azul claro, con el emblema del colegio, tenía puestos unos pantalones cortos de color negro. La otra chica era un poco más baja, tenía el cabello negro, ondulado, sus ojos eran grandes, y me sorprendió ver que eran violetas. Ella llevaba una falda blanca, y una camisa de manga corta del uniforme. Me acerqué a la cocina. Nuestra casita estaba llena de gente, y eso me ponía de los nervios. Me quedé apartada, junto a Maia. Me serví un vaso de leche con azúcar. Después me tomé una manzana. Estaban hablando entre ellos, se reían, se contaban cosas, y mientras tanto Marcos iba preparando tortitas para desayunar. Empezaron a servírselas, y yo me di la vuelta, dispuesta a irme.

            -Ashley

            -¿Si?-contesté sin saber qué hacer, me di despacio la vuelta.

            -¿Te apetece una?-me preguntó Gabriel con una sonrisa, me estaba tendiendo un plato. Me quedé mirándolo, asentí despacio, y sonreí.

 

            Estábamos sentados en el auditorio. Era demasiado grande, habían butacas para sentarse, como en los cines, había un escenario de parqué, se veía bastante bien desde los asientos.

            -Sólo faltan las palomitas-comentó con tono burlón Marcos, que estaba una fila por delante de mi, se había girado para hablar con Gabriel, que estaba al otro lado de Maia, que se había sentado a mi lado. Dos filas para delante de Marcos, se sentaban Jackeline y la chica de cabellos negros, a la que no me habían presentado. En realidad aquel día todavía no me habían presentado a nadie. Estábamos todos los alumnos allí, y en las primeras filas de asientos se encontraban los profesores. La directora salió al escenario. Llevaba unos pantalones largos, de color negro, unos tacones que acababan en pico, eran abiertos, arriba tenía puesta una blusa de mangas cortas, con el emblema del Moon College a la izquierda. El cabello le caía liso, por encima del hombro, era rubia, sus ojos eran gris plateados. Ella era joven, bastante joven. Tenía en una de sus manos un micrófono. 
            -Bienvenidos, y bienvenidas a esta nueva institución, a Moon College-sonrió con alegría, le brillaron los ojos-Me alegra deciros que sois los primeros alumnos, y alumnas en pisar este internado. Como todos sabéis es muy difícil entrar aquí, así que enhorabuena a todos los que habéis conseguido una beca, y al resto también-guiñó un ojo a nadie en particular, pero todos los que no estaban allí con beca asintieron, y se rieron, contentos-En fin, tengo varios anuncios que haceros. El primero es que a los clubes sólo se podrá entrar con invitación, os pido a todos los presidentes de estos que escojáis muy bien a quién admitís. Es una advertencia-su cara estaba muy seria, miraba a todos los lados, intentando mirarnos uno a uno-También os comunico que tendremos una semana intensiva de aprendizaje, como la mayoría os habréis dado cuenta, los libros están escritos en latín. Durante esta primera semana nos dedicaremos a enseñaros a hablar en latín, durante las clases lo hablareis, los trabajos serán en latín, a excepción de las clases de idiomas, como inglés, francés, español, chino, y más. Todos los que estáis aquí tenéis la capacidad de poder aprenderlo en esta semana, y no me gusta tener que decir que el que no apruebe los exámenes, de los que os informaran los tutores, tendrá que marcharse de aquí sin poder cursa sus estudios en Moon College.
Hubo un silencio durante un momento, que me pareció larguísimo. A mi alrededor había todo tipo de caras, gente que sonreía, porque se sentían preparados para afrontar ese nuevo reto. Tragué saliva. Parecía que le costaba bajar. Sentí como se me arrugó la nariz, entrecerré los ojos, y puse una mueca de inseguridad en mis labios. ¿Qué voy a hacer?

            -Quiero aconsejaros a todos que no salgáis por las noches de las casitas, si da la casualidad de que no tenéis otra opción que salir, aunque espero que eso no tenga que ocurrir, ni se os ocurra acercaros a las zonas frondosas. El que lo haga se responsabiliza de lo que le pueda pasar-sigue seria, miro a nuestro alrededor, Maia está rígida, como si temiese algo, me inclino a mirar a Gabriel, tiene sus preciosos ojos castaños fijos en el escenario, en la directora, yo también miré otra vez hacía allí, ella tenía los ojos llenos de paciencia-Espero que cumpláis todas las normas.

Nos quedamos todos en silencio, esperando que siguiese hablando.

            -Por cierto, casi se me olvida-añade la directora-Soy Clarissa Salem, y aunque no haga falta decirlo-sonrió a todos-Yo dirijo Moon College, si os metéis en algún lío, vendréis a verme, si vuestros profesores se quejan de que no sois eficientes, vendréis a verme, y podría seguir enumerando las formas en las que tendríamos que vernos en mi despacho, pero estoy segura de que os comportaréis los mejor posible-sonrió, se dio media vuelta, como si tuviese la intención de marcharse ya, anduvo un par de paso, hasta detrás de las cortinas rojas que había, pero aún se la veía, los alumnos empezaron a hacer comentarios, miré a Maia, que estaba impasible, mirando hacía delante, como si estuviese mirando algo realmente interesante, y después me incliné un poco para buscar los ojos magnéticos de Gabriel, de repente me topé con ellos, me sonrojé bastante. Clarissa Salem volvió al escenario.

            -Se me olvidaba comentaros un par de cosillas más-comentó con tono despistado, parecía tener prisa por marcharse de allí, se sonrojó levemente-Las salas de ordenadores se usaran exclusivamente para las clases, como os recordamos a todos debíais traer un ordenador portátil-me alarmé un poco-A los que tenéis becas se os dará uno propio, los wi-fi inalámbricos se os darán junto a vuestro carné de estudiante. Los horarios de Internet son muy estrictos, de cinco de la tarde a once de la noche, no se harán excepciones con ningún alumno. La biblioteca abre a las siete de la mañana, y se cierra a las diez y media. La hora de la comida es de doce y media a las dos y media, las clases se reanudarán a las tres. Os recuerdo que en el supermercado de Moon College encontraréis todo lo que necesitáis, pero no encontraréis ni pizca de alcohol, que como sabéis está prohibido. Si tenéis alguna duda más, dirigiros a vuestros tutores, por cierto, necesito que se presenten en mi despacho tres alumnas, os comunicarán quienes sois, nos vemos en media hora. 

 

            Según íbamos saliendo, se formaban diferentes colas según el curso en el que estabas, así que me puse en la que me tocaba. Detrás mía estaba Gabriel, Maia se había quedado un poco rezagada, y la idea de que espiaba a alguien se fue formando en mi cabeza. Miré hacía atrás, buscándola con la mirada, pero no la encontré. Me volví hacía delante, y en un minuto, Maia estaba a mi lado. La miré con curiosidad, ella simplemente se encogió de hombros, como si supiese en qué estaba pensando. Cuando por fin llegó mi turno me entregaron una caja con un dibujo de un USB blanco.

            -Ashley A. Jones-les dije antes de que me preguntasen, el hombre rebuscó en unas tarjetitas que tenía, y me tendió una. Era de color azul claro, las letras estaban en negro, arriba a la izquierda estaba mi foto, una de las que había mandado junto con la matrícula. Miré mi número de alumna mientras me alejaba de allí, no me había alejado lo suficiente todavía, cuando escuché la voz del hombre que estaba hablando con Maia.

            -La directora quiere verla en su despacho-habló con voz autoritaria, después de mirar a Maia se dio la vuelta, llamó a una mujer. La mujer llevaba el cabello recogido en una larga cola de caballo, le caía el flequillo castaño hacía un lado, levantó la cara al escuchar su nombre, la tenía fina. Tenía los ojos rasgados, de color claro, como la miel, llevaba brillo en sus labios finos. Su piel parecía porcelana. Sin vacilar se acercó al hombre, él le explicó que Maia tenía que ir al despacho de la directora. Me quedé pensativa. ¿Se habría dado cuenta la directora de que Maia no le estaba prestando atención?

            -¿Vamos?-me preguntó Gabriel, tocándome el hombro con suavidad. Miré hacía detrás, Maia se iba con esa mujer a ver a Clarissa Salem. La pregunta de qué estaba pasando no abandonó mi mente.

            -¿Dónde tenemos que ir?-pregunté sin saber muy bien cómo actuar.

            -A clase, por supuesto-contestó Gabriel después de soltar una carcajada, había echado la cabeza hacía atrás. Me sonrojé.

 

           Estábamos en el hall del edificio principal, dónde se debían impartir las clases especiales de latín. Maia todavía no había vuelta. Esa chica me caía bien, por alguna extraña razón. Además iba a ser mi compañera de dormitorio, ¿no? Teníamos que llevarnos lo mejor posible. Me preocupaba. Vale, no de la manera en la que debía preocuparme realmente, no somos amigas íntimas, pero no quiero que la expulsen. Me siento un poco egoísta, sobre todo porque no quería estar sola en la misma casita que Jackeline. No le gusto nada. Lo sé por cómo me mira, es algo extraño, con un brillo... Parece que se vaya a echar a reír en cualquier momento. Me pone de los nervios.

-A ver alumnos-nos llamó la atención algún profesor. El hall era grande, y parecía que estábamos muchos allí, de pronto, al escuchar la voz del profesor, se hizo un gran silencio-Os vamos a separar por grupos para las clases de latín.

Dicho eso, los profesores empezaron a hablar con los alumnos, nosotros nos encontrábamos en medio del hall, con mucha gente impaciente, que hacían comentarios, se reían, y hablaban cada vez más alto. Un par de veces los profesores pidieron silencio. Sentí un escalofrío. Ahora no, no, no. Cerré los ojos, con fuerza. Empecé a tararear mentalmente alguna canción. No funciona, empiezo a ver retales de imágenes. Empiezo a tararearla en susurros, abro los ojos. Me quedó mirando mis pies. Recuerdo la letra, empiezo a cantarla, pero son murmullos. Las voces de la gente empiezan a dispersarse a mi lado, desaparecen poco a poco. Sin quererlo cierro los ojos. Y la visión empieza a invadirme. Y yo que no quería esto...

Viaje a Moon College.

lunes, 12 de octubre del 2009 a las 19:59

 

 

Apenas quedaban unas pocas horas. Un nuevo amanecer, y haría mi viaje a Moon College. Mi misión empezaría. El abuelo Luks se acercó por detrás, con el silencio que le caracterizaba, y yo pegué un pequeño brinco cuando me tocó el hombro. Había estado pensando en mi misión mientras observaba absorta mis maletas en la puerta de casa.

            -Bueno, bueno-dijo el abuelo mientras se reía-espero que durante este curso estés más despierta, pequeña.

Parpadeé, y después le sonreí.

            -Tranquilo, lo estaré-le respondí con la voz impregnada en seguridad-Bueno, abuelo, ¿qué haremos mañana?

 El abuelo se dio la vuelta, y entró al salón, le seguía, él se había sentado en su butaca favorita, a su izquierda estaba el sofá preferido de mi padre. Suspiré sin borrar mi sonrisa, y con cierto temor me senté en su sofá. Recordé todas aquellas veces en las que él me había llamado, y me había sentado allí, y habíamos jugado, o me había contado un cuento. Todavía no podía creer que él ya no estuviese. Unas lágrimas se asomaron a mi rostro, pero me acordé de que debía ser valiente, como él. El abuelo se me quedó mirando durante unos minutos, esperando a que los recuerdos saliesen de mí. Apoyé mi espalda en el respaldo del sofá, y cerré los ojos momentáneamente, cuando los abrí, él comenzó a hablarme sobre nuestro viaje al día siguiente.

            -Esta noche descansa, y da igual a la hora que te levantes, tenemos todo el día para hacer el viaje, recuerda revisar tus maletas, y todo eso-me miró, había captado el mensaje, asentí una única vez-Cuando estemos listos, saldremos con el coche, pararemos a cazar, así que llévate ropa de cambio, después seguiremos el camino hasta la estación, y ya allí nos separamos.

            -De acuerdo, abuelo-respondí con seriedad, me levanté, y me dirigí a las escaleras, las subí deprisa, cuando llegué a la planta de arriba, seguí el pasillo repleto de cuadros, y dibujos hasta llegar a mi dormitorio, abrí la puerta, y avancé hasta mi pequeño balcón, que sólo tenía una mesita, una silla, y un toldo que estaba medio echado, me agarré a la barandilla.

Llevábamos dos años en esta casa, y aún me sentía extraña en ella, y eso que la casa era exactamente igual a la anterior, los mismos muebles, la misma distribución, eran exactamente las mismas casas, pero no me sentía así. Entré a mi dormitorio, me miré en un espejito que había colgado en la pared, mi cabello largo y pelirrojo nunca me había gustado, y era el momento de cambiarlo, salí disparada por la puerta, bajé las escaleras, me dirigí a la puerta, agarré mi bolso, y salí de la casa, llegué en cinco minutos al supermercado, cogí una bocanada de aire, y entré allí. Pasé al lado de mucha gente, y al final llegué a la sección que estaba buscando, me acerqué a los tintes para el cabello, y calculé cuantos necesitaría para todo el curso, así que agarré siete, por si acaso. A continuación me acerqué con la cesta llena de tintes iguales hasta la caja registradora, los dejé encima de la cinta, y esperé mi turno. Cuando me tocó, la dependiente me miró extrañada, y después debió recordar qué era sonreír.

            -Gracias-le dije una vez me hubo cobrado, después salí de allí, dispuesta a no volver más. Esta vez anduve hasta mi casa, ahora no tenía ninguna prisa, cuando llegué, metí seis tintes en una de las maletas, el último lo subí conmigo hasta mi cuarto de baño, lo dejé encima del lavabo. Salí del baño, y en mi habitación rebusqué hasta que encontré unas tijeras. Ya en el baño de nuevo, me miré al espejo, y me corté el cabello por encima de los hombros, después me duché. Al salir me recogí el pelo con una goma, y me sequé, aunque era un poco pronto, me puse el pijama, y empecé con el tinte.

 

 

 

            -Es hora de cenar, Maia-me llamó mi madre desde la planta de abajo, acabé de secarme el cabello ahora castaño claro, y acabé pronto. Me miré al espejo. La chica que tenía enfrente se daba un aire a mi misma, mis ojos eran azul oscuro, y me devolvían la satisfecha mirada, llevaba el cabello liso, como siempre, pero ahora era mucho más corto que antes, y de color castaño claro, asentí satisfecha, había hecho un buen trabajo, ahora sí que estaba preparada para llevar acabo mi misión.

            -Maia-me volvió a llamar mi madre, y antes de que se enfadase, bajé a toda prisa las escaleras, y entré en la cocina, y me senté a la redonda mesa de cristal que había, el abuelo me sirvió un plato de lasaña, y me sonrió.

            -Estás preciosa-comentó con cariño mi madre, y les sonreí.

            -Gracias.

 

 

 

Esa noche dormí de un tirón, aunque antes de irme a la cama, vi a mi madre que estaba muy triste, tenía un brillo extraño en los ojos, me quedé mirándola durante un rato, escondida detrás de una de las paredes de la cocina, estaba encogida en el sofá, al final me decidí y, le di las buenas noches, la besé en la mejilla, y después subí hasta mi habitación para dormir. Al principio me costó conciliar el sueño. Quería bajar y hablar con mi madre, pero estaba convencida de que ella no me diría qué le pasaba. Decidí que lo mejor sería dejar las cosas como estaban, y en pocos segundos caí en un sueño profundo.

Sonó el despertador cuando estaba en la mejor parte de mi sueño, me levanté de un salto, asustada, me giré, y miré con cara de asesina al aparato que no dejaba de sonar. Lo apagué mientras mi corazón bajaba sus revoluciones, suspiré aliviada. Aparté la vista del despertador, y empecé a cambiarme el pijama por la ropa que llevaría a Moon College, unos pantalones cortos de color negro, y una camiseta de manga corta, con cuello de color blanco, las dos prendas forman parte del uniforme del colegio. Pensé que era lo mejor, así no me tendría que preocupar por cambiarme después. Doblé el pijama de verano, y lo llevé en la mano mientras bajaba las escaleras, me acerqué a mis maletas, cogí una, puse la maleta en el suelo, y corrí la cremallera hasta que se abrió del todo, levanté la tapa de la maleta, y guardé el pijama encima del resto de las prendas de ropa que llevaba dentro. Cuando puse el pijama dentro cerré la maleta, tuve que hacer un poco de presión encima de la maleta para conseguir cerrarla, sonreí recordando que esa no era una de las que más me había costado cerrar. Después me fui a desayunar a la iluminada cocina, donde pude comprobar que no había nadie, me quedé un segundo parada, agudicé mis oídos, y cerré los ojos para concentrarme, intenté escuchar algún sonido, al cabo de un pequeño momento capté la respiración de alguien en la planta de arriba. Me quedé pensativa, pero esta vez con los ojos abiertos, en casa dormíamos tres, aunque entre semana una gran parte de la familia solía reunirse en casa, si sólo había una persona en casa, faltaba alguien. Me preocupé bastante. Me acerqué al frigorífico, saqué una botella de leche, y me puse un vaso de leche con cacao, me lo bebí de un trago, y volví a guardar la botella transparente. Escuché un ruido extraño en el jardín, y cerré la puerta del frigorífico, salí por la puerta de la cocina, que da al patio y al garaje, me acerqué intentando no hacer ningún ruido, fui hasta el sitio del que provenía el sonido que había escuchado en la cocina, me encontré a mi abuelo subido a una escalera de madera.

-¿Qué haces, abuelo?-le pregunté riéndome abiertamente, mi abuelo se dio la vuelta con una sonrisa en los labios, y con los ojos brillantes, llevaba en la mano una vieja caja de cartón medio rota, bastante estropeada por el paso del tiempo. Él no estaba asustado por mi repentina aparición en el garaje.

-Buscaba algo para ti-respondió él con un tono de voz alegre, me quedé paralizada durante un buen rato, hasta que el abuelo se acercó a mi con paso decidido y la caja cogida en sus brazos. Me cogió del brazo suavemente, y me empujó con cariño hasta el jardín, ya que yo no acababa de decidirme a moverme-Lo mejor será que entremos, pequeña.

Entramos a casa, y nos sentamos, él en su butaca favorita, y yo en el sillón que solía compartir con mi padre. Mi abuelo se quedó pensativo, mirando la caja comida por el tiempo, durante un minuto, más o menos, estuvimos callados, pero la impaciencia pudo conmigo. Al final, llena de curiosidad me atrevía a preguntar:

            -¿Qué buscabas?

Mi abuelo sonrió, y me miró, otra vez con los ojos brillantes, llenos de emoción.

            -Hay algo que nunca te hemos contado.

La intuición ya me había hecho ver que pasaba algo, que siempre había habido algo que yo no acababa de comprender, y esperaba que esta vez el abuelo Luks me contase la verdad de todo.

            -Tu tía, Sabrina, se fue antes de que yo pudiese convertirla-se quedó mirándome, esperando que yo dijese algo, o eso supuse.

            -Abuelo, eso ya lo sé.

            -Pero lo que tú no sabes es porqué no la convertí con veinte años, como a tu madre-suspiró con arrepentimiento, bajó la mirada a la caja, con cuidado la abrió, y de ella sacó un par de fotos en color, me las entregó después de haberlas visto él, no pude apartar los ojos de su rostro, parecía apunto de llorar, pero los dos sabíamos que él no podía hacerlo-Es tu tía.

Cogí las fotos, en la primera salían mi madre de pequeña, pasaba su brazo por encima de los hombros de una niña que se parecía mucho a ella. Las dos eran pelirrojas, la pequeña tenía el pelo corto, justo por encima de los hombros, su cabello era una maraña de rizos, al contrario que mi madre, ella lo llevaba muy largo, y liso. Las dos tenían una preciosa sonrisa, Sabrina llevaba la boca manchada del helado que se estaba comiendo, vestía con una camiseta blanca, un peto rosa, y unas bonitas sandalias que se cogían por detrás del pie. Mi madre iba exactamente igual, pero el peto era de color verde claro. Me fijé en una diferencia entre ellas dos, Sabrina tenía unos ojos preciosos, de color azul oscuro. Miré a mi abuelo.

            -¿Ésta es Sabrina?-pregunté casi sin aliento, él asintió con dolor-Nos parecemos mucho.

            -Sí, pequeña.

Le devolví la primera foto, y después miré la siguiente foto que me había dado mi abuelo, en ella, Sabrina tenía unos veinte años, seguramente estaba a punto de huir con un humano, mi tía, al igual que mi madre, y mi abuela habían sido semivampiras. Pero estas dos últimas habían acabado siendo vampiras. Sabrina salía con mi abuela, Saola. En esta otra fotografía, Sabrina salía abrazando por detrás a su madre, a Saola, las dos sonreían contentas, la piel de ella ya era de por si misma pálida, tanto como la mía, sus ojos grandes sonreían, al igual que su gran sonrisa, que no escondía sus perfectos dientes, tenía el pelo un poco más largo que en la otra foto, y sus rizos estaban bastante más definidos, y tenía flequillo, liso. La abuela Saola, a la que yo no había llegado a conocer, tenía el mismo color de cabello que ellas dos. El mismo que yo. Su cabello caía cuan largo era en unos perfectos tirabuzones, sus ojos azulones eran más bien rasgados no como los de Sabrina, o como los de mi madre. Me fijé en que tenía uno de los ojos cerrado, en forma de guiño. Tenía el labio superior fino, y el inferior era el doble de grueso que el otro. Su nariz no era muy larga, ni acababa en pico, pero si que era un poco ancha, redondeada en la punta. Tenía pecas alrededor de la nariz, igual que yo. La abuela no era muy mayor, tenía unos cuarenta años, pero parecía muchísimo más joven. Yo sabía la edad que tenía porqué siempre me lo habían dicho, y me habían contado muchísimas veces como el abuelo había acabado convirtiéndola, él siempre había sido un vampiro solitario, hasta que se conocieron, y decidieron crear una familia. Mi familia. Por la que ahora debía luchar. Me quedé mirando la foto, quedándome con todos los detalles posibles, me fijé en que ponía una fecha.

            -Esta foto es del día en que se fugó-comenté perpleja.

            -Sí, es la última foto que le hicimos.

            -¿Ya estaba embarazada de Carla?

            -Hacía dos días que la había tenido-respondió él con voz tranquila.

Le devolví la fotografía, y él me tendió una tercera foto, que había estado buscando mientras yo había estado viendo la segunda fotografía que él me había tendido. La cogí con cuidado, y en ella vi a una niña recién nacida, casi sin cabello en la cabeza, con los ojos cerrados, llevaba un pañal, y un pijama de color blanco.

            -¿Es Carla?-pregunté sin apartar la mirada de la pequeña bebé de la fotografía.

            -Si, pero hay algo que nunca te hemos contado.

            -Pues hazlo ahora, ¿no?

El abuelo dejó la caja en el suelo, y se sentó en el borde de su butaca color marrón. Cruzó las manos, suspiró, cerró durante unos segundos los ojos, concentrándose.

            -Sabrina huyó porque no quería convertirse, y tampoco quería que lo hiciese su novio. Esa misma noche, la noche de la foto en la que sale con Saola, tu madre iba a convertirlos, y huyó con Carla.

            -Una pregunta-le interrumpí, aunque había dudado en hacerlo, al final me decidí, el abuelo asintió, y se quedó en silencio, esperando mi pregunta-Está bien, digamos que si el padre de Carla era humano, y Sabrina no era una vampira completa, sino una semivampira, ¿qué es Carla, una semivampira o humana?

            -Es una duda razonable, y a la que no te puedo contestar, sólo estuvieron con nosotros tres días, y ahora sólo sabemos dos cosas, la primera, que tu primo More consiguió hacerle esta fotografía a Carla-me entregó la fotografía, pero no la miré en ese mismo momento-y la segunda, que tu padre mató a Sabrina.

            -¿Mi padre?-pregunté confusa, mi respiración se alteró bastante-¿Qué tiene que ver mi padre en todo esto?

Mi abuelo me tranquilizó, cogió mis manos, y las acarició, yo estaba demasiado confusa para poder decir algo más.

            -Te lo voy a contar, pero tranquilízate-me pidió con los ojos llenos de súplicas, tragué saliva, y le presté toda la atención que pude-Cuando Sabrina desapareció con Carla, Saola y yo discutimos sobre cómo habíamos llegado a esa situación, ella tenía que convertirse por encima de todas las cosas, igual que tu tendrás que hacerlo en algún momento. Tenía que seguir formando parte de nuestra familia, pero ahora sé que estábamos muy equivocados, teníamos que haber aceptado su decisión, aunque eso la alejase de nosotros por un tiempo-paró un momento para tomar aire-Poco después de que pasase lo de Sabrina, cuando ya habíamos convertido a tu madre, ella nos habló de Louis, y de que estaba embarazada, me di cuenta de que él era un cazavampiros, aunque Aless quiso negármelo, pero su tatuaje era la prueba de que yo tenía razón. Así que después de saber que Sabrina seguía viva, mandé a tu padre a que la matase, prácticamente le obligué.

Las lágrimas se agolpaban por salir, y resbalar por mis mejillas. Papá nunca me había ocultado que había matado vampiros. Tampoco me había ocultado nunca, nunca, que había matado semivampiros. Pero nunca había sabido cómo se llamaban sus víctimas, y tampoco quise imaginármelo matando a mi propia tía.

-¿Qué le dijiste para convencerlo de que la matase?-pregunté mientras me limpiaba las lágrimas que empezaban a resbalar por mi rostro. Una llegó hasta mi boca, la saboreé, era salada. Cambió el dulce sabor del cacao y la leche. Una única lágrima había hecho cambiar el sabor de mi boca, únicamente una.

-No llores, pequeña-me pidió, mientras se acercaba a tocarme el cabello, me aparté de él, quité mis manos de las suyas, y él me miró con los ojos llenos de comprensión-le dije que si él no mataba a Sabrina, nosotros le mataríamos a él.

Me quedé mirando a mi héroe. Siempre había creído que las cosas que hacía las hacía por nuestro bien, y que no era malo. Me di cuenta de que Luks no era cómo yo creía. Lo odiaba. Odiaba la forma en la que había tratado a Sabrina. Y a mi padre. Y al resto de vampiros, que había ido en busca de Sabrina, o de Carla, y habían muerto. Él, indirectamente, claro, había sido el autor de sus muertes, les había enviado sabiendo que no volverían.

-¿Estás bien, pequeña?-preguntó con cariño, intenté mirarle mal, pero me di cuenta, a tiempo, de que en pocas horas estaría lejos de él. Con Carla. Así que no merecía la pena que pensase en irme, en realidad ya lo estaba haciendo.

            -Sí, abuelo, estoy bien-respondí, tragándome las lágrimas que todavía quedaban por caer, y el miedo-es sólo que... nunca hubiese imaginado que... bueno eso, que sabrías que Sabrina no está viva.

            -Siento haberte impresionado, pero tenías que saberlo-afirmó con firmeza, me miró a los ojos, y yo, con toda la valentía que recorrió mi cuerpo en ese instante, levanté la cabeza gacha, y moví los labios, sin saber del todo lo que estaba diciendo, dejándome llevar por lo que sentía en ese mismo momento:

            -Pero, abuelo-me quejé, las lágrimas volvieron a salir a borbotones de mi-¡No tenías derecho a mandar a nadie a que la matasen!¡Era tu hija!

            -No estoy orgulloso de lo que les hice hacer...

            -¡Claro que lo estás!-le interrumpí indignada, me levanté del sofá-Estás orgulloso, y no lo niegues, si no lo estuvieses no me lo habrías contado intentando ocultar esa sonrisita de placer... ¡que estás poniendo en este instante!-añadí demasiado enfadada como para darme cuenta de que había alguien más en la habitación, mis sentidos estaban completamente nublados. La rabia me había hecho perder la razón.

            -Te dije que no se lo contases-le advirtió la voz molesta de mi madre, me di la vuelta, y allí estaba ella. Tan alta como era, con sus cabellos ardientes, cayendo lisos por toda su espalda, estaban algo desordenados, se acababa de levantar, y tenía los ojos llenos de inexpresividad, sus brazos se cruzaban por debajo de su pecho. Estaba enfadada. Se acercó a Luks. Le lanzó su más mortífera mirada.

            -Maia, mete tus cosas en el coche.

            -¿En el tuyo?-pregunté sin acabar de enterarme de lo que decía, estaba demasiado distraída con la guerra de miradas que se estaba librando en el salón de casa.

            -Sí-contestó secamente-Y date prisa.

Sin hacer ningún comentario, y sin quejarme, salí del campo de batalla, y empecé a coger las cosas, a cámara lenta, para poder captar el mayor número de palabras que se lanzasen. Remoloneé un poco, intenté espiarlos, pero ellos seguían en la misma posición que al principio. Luks sentado, con los ojos llenos de dolor, y mi madre de espaldas a mi.

            -Te he dicho que metas las cosas en el coche.

Di un brinco del susto que me había dado. No lo había dicho gritando, pero estaba muy enfadada, así que, como pude, agarré la mayoría de mis maletas, y salí de allí. Enfadada con Luks por ser así. Y enfadada con mi madre, por no dejar que me quedase.

 

            No habían dicho ni una palabra mientras yo cogía mis cosas, ni tampoco habían hablado cuando fui a por el resto de mis maletas. Seguían exactamente con las mismas posturas de antes, así que me rendí. Ellos eran pacientes, y en pocos minutos acabarían con su discusión. Llevaba cinco minutos sentada en el asiento delantero del coche blanco de mi madre, cuando como el viento, ella salió de casa, abrió la puerta trasera del coche, y soltó algo, pero los blandos asientos evitaron que no se rompiese, y entró en el coche, cabreada. Pocos segundos después el viejo Renault Torino ZX no quiso arrancar.

            -¡Arranca, trasto!-exclamó enfadada mi madre.

Salimos del garaje todo lo rápido que el coche de mamá nos lo permitió. Nunca me he quejado del coche, he crecido viajando en él, pero creo que mamá podría usar el coche de papá, es más nuevo, se lo compró un año antes de morir. Y cuando pensé eso último, supe por qué mamá no quería usar el coche de papá, y por qué no se compraba uno nuevo. Suspiré.

            -Tu abuelo es idiota, le dije mil veces que aún no estabas preparada para ver qué tipo de persona es... ¡qué rabia!-añadió, y giró bruscamente el volante del coche. Bajé mi ventanilla manualmente, era lo malo de aquella vieja cosa con ruedas. Eché para atrás mi asiento, intentando irme muy atrás, llevaba una maleta en el otro asiento. Lo incliné, iba a ser un viaje muy largo. Y con mamá enfadada, todavía iba a ser peor.

            -¿Puedo poner música?-pregunté con temor. Escuché su risa, y la miré, sonreía con ganas. Se me contagió su repentina alegría.           

            -Claro, Maia-respondió, y volvió a reírse.

 

 

 

            Llevábamos un par de horas cuando se me ocurrió mirar que había traído mamá después de pelearse con el abuelo. Me sorprendí mucho. Allí estaba la vieja caja roída por el tiempo de la que el abuelo había sacado las fotos. Noté como me entraba el aire de la ventanilla de mamá en los ojos, parpadeé incrédula ante aquello. Miré a mamá, canturreaba la canción que estaban poniendo en la radio, una de esas cadenas que se pasan las horas rememorando viejos éxitos anteriores a 1990.

            -Mamá-la llamé.

Ella me miró, con sus gafas de sol puestas, estilo años 70, pude ver sus ojos a través del cristal oscuro.

            -Dime

            -¿Qué hace la caja esa aquí?-pregunté señalando con la cabeza a la caja que acababa de ver.

            -Oh, eso-contestó, y después se echó a reír-Cuando paremos a comer te lo explicaré.

Y siguió cantando, pero puedo asegurar que para nada cantaba bien. Llevaba el cabello suelto, y se movía de un lado para otro. Y ella sonreía, estaba cantando, se reía de las letras de sus canciones favoritas. Parecía otra vez ella antes de que papá desapareciese de nuestra vida. Sonreí al darme cuenta de que la estaba recuperando, después de todos estos meses existía la posibilidad de que volviese a actuar como mi madre, y no como algo parecido, me alegré. Comencé a cantar todas esas canciones que me sabía de memoria por qué mi madre me las había puesto a todas horas.

 

            Al cabo de un par de horas más, mi madre aparcó, y entramos al típico restaurante de carretera. Olía a... una mezcla demasiado difícil y repugnante de definir, ni el olfato de una vampira pudo deducir de qué se trataba. Nada más entrar el tufo me dio de lleno en toda la nariz.

            -Oh, vamos, mamá, hemos venido a parar al único bar con aire acondicionado de toda la carretera-me quejé en un susurro, y con desgana, en realidad hacía tanto calor en la carretera que se agradecía un poco de aire fresco, pero ese mal olor me iba a dejar más muerta que viva. Pura ironía, ¿no?

            -No seas quejica-me pidió ella, con una agradable sonrisa-a mi no me molesta ese olor, ya no.

            -Pero porque tu puedes dejar de respirar, y no morirte-respondí con enfado, y me crucé de brazos en medio de aquel restaurante sombrío.

            -Lo siento, no es culpa mía-respondió ella, y echó a andar hacía una de las mesas.

            -En realidad sí que lo es-me quejé en un susurró, y ella se rió disimuladamente, pero no se dio la vuelta para decir nada más. El restaurante, si se le puede llamar así, era grande, con muchas ventanas, pero con unas cortinas de color rojo que tapaban todo, para evitar que entrase la luz, pero eso le daba un aspecto bastante... vampírico. La luz que entraba era más tenue que la que brillaba ampliamente fuera, eso lo hacía parecer bastante cerrado. Y también el olor me decía que aquello era bastante cerrado. ¡Qué peste! Arrugué la nariz, seguí a mi madre hasta una mesa apartada, aunque en realidad daba igual, no había más que dos personas detrás de la grasienta barra. La mesa era cuadrada, y las sillas eran bastante cutres, e incómodas.

            -Me esperaba algo más a lo estadounidense, con sillones, y tal, pero no está mal-comentó mi madre, se quitó las gafas, y las dejó sobre la mesa, y después cruzó los brazos encima de esta, que estaba llena de algo pegajoso, no pude evitar tener una arcada. Y le comenté en voz baja:

            -Estamos a tiempo de irnos, antes de que se den cuenta de que hemos entrado.

            -¿Alessandra Lucci?-preguntó la voz melosa de alguien al otro lado del cutre bar de carretera. Mi madre se volvió, había reconocido la voz. Me había traído a un bar asqueroso, y encima conocía a la dueña de aquella odiosa voz. Suspiré, rodé los ojos, y miré a la señora que se acercaba hasta nosotras.

            -¿Cecyl?-preguntó mi madre, con un tono bastante falso. Estoy segura de que sabía que ella estaría aquí.

            -Cariño, hace tanto tiempo-dijo aquella mujer pesada, se acercó hasta nosotras, con la libreta, y un bolígrafo para tomarnos nota. Me fijé bien en ella, era un poco más alta que yo, tenía el pelo recogido en una larga cola de caballo, su cabello era negro, con canas, y muy liso, llevaba unas gafas cogidas con una cadenita al cuello, sus ojos eran color café, y me recordaban vagamente a alguien, se parecían, pero no consigo averiguar a quién se parecían tanto.

            -Sí, lo sé-contestó mi madre, y le dio dos besos, llevaba bastante colorete en los pómulos, y su piel era banca, pero no como la mía, o la de mi madre-siento mucho no haber venido antes a saludar.

            -Bueno no importa, preciosa-respondió melosamente la mujer, era un poco mayor-pero deberías saber que aquí no viene exactamente gente amable... ya me entiendes, ¿no?

            -Oh, claro, Cecyl, ya lo sabía-respondió amablemente mi madre, y se sonrieron, había un secreto que las dos compartían-Maia, saluda a Cecyl.

            -Hola-saludé con tono tímido, pero en realidad no era timidez lo que sentía, no podía más con aquel penetrante y asqueroso olor, teníamos el aire acondicionado apuntándonos a nosotras, removiendo el aire, estaba intentando no respirar cuando mi madre me hizo saludar a aquella mujer. Ella se acercó, y me besó, tuve que devolverle el gesto, para no parecer maleducada.

            -Que bonita eres, Maia-me elogió, y yo no supe dónde meterme, me sonrojé un poco, le sonreí, para parecer agradecida-te pareces tanto a Saola.

Llegados a este punto hice una cosa: soltar todo el aire retenido hasta ese momento. No me hizo falta intentar dejar de respirar, ella ya lo había conseguido. Me había dejado K.O con sólo cinco simples palabras. Te pareces tanto a Saola. Un momento, un momento. Vamos a concentrarnos.

            -¿Conociste a mi abuela?-pregunté con la voz llena de incredulidad.

            -¿Qué si la conocí?-me preguntó con voz burlona, pero cariñosamente-Mujer, pues claro que la conocí... bueno... sí, la conocí.

            -Vamos, Cecyl, no hace falta que disimules con Maia, cuéntale tu historia, por eso estamos aquí.

            -Ah, ¿si?-preguntamos Cecyl y yo a la vez, mientras mi madre se reía divertida. La mujer me miró con toda la ternura del mundo, y me quedé planchada, sin saber que hacer, o decir. Cecyl echó a mi madre para un lado, y la hizo sentarse en la otra silla de la mesa, quedándose enfrente mía.

            -Vamos a ver, vamos a ver-dijo mientras intentaba recordar, tenía la cabeza apoyada en una de sus manos, y sus ojos color café miraban distraídos hacía algún punto que no pude reconocer del cutre-bar-Yo maté a tu abuela, Saola, ajá, sí, eso mismo.

            -¿Qué?-pregunté en un grito-¿Pero todo el mundo se ha vuelto loco hoy? Y dale... ¿qué pasa hoy, es el día internacional de contémosle a Maia a quién he matado de su familia, o qué? Sólo me faltaba que ahora cogieras tú, y me dijeses que fuiste tú la que mató a papá-bufé, estaba bastante enfadada, y no me di cuenta de mis palabras hasta que vi a Cecyl palidecer.

            -Alessandra Lucci, ¿mataste tú a mi hijo?-preguntó enfadadísima, yo me quedé a cuadros. La vieja loca esta había malinterpretado mis palabras, ¿o no?.

            -No, no, que va, Cecyl, ya le dije que fue alguien de la Estaca de Plata, algún antiguo compañero resentido-contestó mi madre, moviendo las manos para explicarse.

            -Un momento, stop, paremos un segundo, por favor-pedí, intentando pensar por un par de segundos, las dos se giraron a mirarme, en silencio-Recapitulemos, ¿vale?-y gesticulé con las manos las dos palabras-Bien, ¿entonces tú mataste a mi abuela?

            -Eso he dicho, ¿verdad, Alessandra?

            -Ajá, eso ha dicho, sí, yo he oído eso.

            -Ok, entonces he entendido bien hasta ahí, ahora viene la otra parte, la que no he acabado de captar, ¿si?

            -Dispara tu duda, cariño-me pidió con dulzura la vieja Cecyl, mientras las dos acercaban sus caras, y cuerpos hacía mi.

            -Lo que no he entendido bien, ha sido eso de que le hayas preguntado a mi madre, si ella mató a tu hijo, cuando yo he hablado de mi padre.

            -Oh, pensé que era otra cosa la que ibas a preguntar-la mujer suspiró aliviada, el color volvió a su cara-A ver, cariño, tu padre era mi hijo.

Sus palabras fueron aplastantes para mi.

¿Hoy es el día de las revelaciones, o algo así?

La otra mujer se acercó a traernos unos platos llenos de comida que nosotros no habíamos pedido, me quedé alucinando cuando a mi madre le trajeron una copa grande llena de un líquido rojo, que enseguida reconocí. Sangre. Pero si aquello era un bar de mortales...

            -Oye, lo de que eres mi abuela, ya lo he entendido... pero ¿y la sangre?-pregunté intentando dar yo misma con la respuesta-tenía entendido que la familia de mi padre erais todos cazavampiros...

Me puse en alerta al escuchar mis propias palabras. Miré a Cecyl, que sonreía abiertamente, y asintió ante lo que acababa de decir.

            -Vámonos, mamá-le supliqué con la voz llena de miedo, aquello no era seguro para una vampira, y su hija semivampira.

            -Maia, estamos entre conocidos, no te asustes-contestó mi madre sonriendo abiertamente, y Cecyl añadió que allí iban pocos humanos, y que no pasaría nada. Aún no me explico de dónde sacaron la sangre.

La puerta del cutre-bar de mi recién conocida abuela se abrió de golpe, y la mujer que estaba en la barra del bar miró en aquella dirección. A mi en ese momento me daba igual, tenía mi vista fija en la copa de mi madre, era lo único que ella tenía delante. Verla allí delante hacía que se me hiciese la boca agua, en pocas ocasiones me había sentido tan atraída por aquel líquido rojo, según iban pasando los años la sangre se me hacía más atractiva. Y cuando fuese una recién conversa no podría resistirme a ella.

            -Se te está cayendo la baba, cariño-me comentó con voz burlona Cecyl.

Mi madre me miró, aparté la mirada del jugoso vaso, y me limpié la boca, y la barbilla. Ella se rió por lo bajo, pero reconocí sus risas.

            -¿Quieres un poco?-me preguntó, y me tendió el vaso del dulce elixir prohibido, realmente me sabría mucho mejor cuando estuviese convertida, no pude apartar los ojos de la copa, mamá me la tendió. Parecía vino. Bueno, no exactamente, la sangre era bastante más espesa que el vino. Tendí la mano, y mi madre me dio la copa. Como si tuviese prisa me la llevé a la boca. Me la arrebataron antes de que pudiese llegar a probar el dulce elixir que había dentro de la copa. Miré hacía arriba. Oh, oh. Se me escapó entre los labios esas dos onomatopeyas. Me tapé la boca, y sentí como dos pequeños colmillos se encogían. Claro eran pequeños comparados con los que ahora mostraba mi madre.

            -¿Vampiros en tu bar, Cecyl?-preguntó un hombre indignado, y movió la cabeza mientras seguía hablando-me parece muy mal, Ce, pensé que aunque estuviese jubilada seguirías odiándolos.

            -A veces las cosas no son tan perfectas como te las pintan en la Estaca de Plata, los vampiros viven entre nosotros, y yo no pienso hacer nada en contra de mi propia familia. Entérate de una vez, Jonas.

            -Así que estas son la mujer y la hija de Louis.

El hombre había llegado a la conclusión correcta. Tiró la copa contra, la ya asquerosa de por si, barra. La mujer que estaba detrás se estremeció ante la visión del hombre, y la sangre derramada. Quise levantarme para salvar la sangre que pudiese, me daba igual la suciedad que hubiese, me estaba abandonando a mis instintos.

            -¡Maia!-me llamó mi madre, su voz produjo en mi un efecto calmante, los colmillos volvieron a su sitio por segunda vez, aparté la mirada de la sangre, y por el rabillo del ojo pude ver como la otra mujer recogía rápidamente la sangre que había desparramada por toda la barra. Me relajé, pero no mucho, el mal olor de la habitación había desaparecido, ahora la habitación estaba invadida por ese olor característico de la sangre. Tragué saliva, se me acumulaba en la boca. El hombre intentó agarrarme del cuello, pero Cecyl se levantó tan rápido que los dedos del desagradable hombre apenas me rozaron. Aunque sólo ese roce bastó para que me diese cuenta a que se había referido Cecyl antes con lo de que allí no iba mucha gente amable. Sentí con sólo mirar sus ojos mientras pensaba en atacarme como la rabia brillaban intensamente en ellos. Cecyl le había hecho algo con la mano, pero ahora lo tenía inmovilizado en el suelo, con un brazo le tiraba a él de sus dos brazos, con el otro le ponía la cabeza contra el suelo, y una de sus rodillas estaba bien clavada en el centro de su columna vertebral. De la falda larga, asomaban las piernas de mi abuela, y en una de ellas llevaba una marca. Me quedé mirándola. No era una marca. Era un tatuaje. Y bastante extraño, además. Pero me resultaba ciertamente conocido. La mujer de la sangre trago una pistola, me asusté mucho. Me había levantado, y mi madre también. Yo estaba demasiado asustada, así que me aparté de mi abuela, y del hombre. Me pude dar cuenta al cambiar de posición que el hombre llevaba el mismo tatuaje en el hombro izquierdo, no se le veía muy bien, estaba medio tapado por la camiseta de tirantes que llevaba, pero lo pude reconocer.

            -Ce, toma la pistola-le dijo la mujer que atendía la barra del cutre-bar.

            -Gracias, Noah-respondió ella, y antes de que el hombre pudiese darse cuenta de que la había soltado le pegó un tiro.

 Me tapé la boca al ver salir la sangre a borbotones. Corrí hasta mi madre, me abrazó, pensando que estaba demasiado asustada por lo que acabábamos de presenciar. Mis razones verdaderas eran que quería quitarle el móvil, que lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta azul que llevaba. Cuando nos despedimos de Cecyl, y de Noah, y les dimos las gracias por todo, le hice una foto al tatuaje de Cecyl, sin que nadie se diese cuenta.

 

 

 

            Quedaban pocos minutos para las ocho, cuando llegamos a una estación. Mi madre me miró de arriba abajo. Suspiró. Me abrazó con fuerza, y consiguió dejarme sin respiración, y creí que esa era su verdadera intención. Intenté coger aire con fuerza.

            -Perdona, cariño-se disculpó, parecía apunto de echarse a llorar-mírate, eres toda una mujercita, y pensar que hace dos días...

            -Ni se te ocurra seguir por ahí, mamá-le interrumpí con firmeza. Ella se echó a reír.

            -Se que teníais planeado parar para cazar, pero creo que ya has tenido suficiente sangre por un día, ¿no?-asentí, divertida-entonces te dejo aquí, toma el billete.

            -Mamá, ¿qué ha pasado con el abuelo?-pregunté con cierto temor a saber más verdades por un día. Cogí el billete.

            -Sólo le he dicho que no debía habértelo contado, y luego he pensado que si sabías como había muerto mi hermana, y también que tu padre está muerto, deberías conocer a la persona que mató a tu abuela... que por casualidad-se echó a reír contenta-es tu otra abuela, cosas de la vida, ¿no?

            -No, mamá-negué rotundamente, sonreí-sólo es nuestra familia, que somos un poco... ¿cómo decirlo?... ¿raros?

            -Sí, dejémoslo en que somos bastante raros, cariño.

Entramos en la estación, estaba muy iluminada, la luz era más bien amarillenta, deslumbraba. Llegábamos a tiempo de guardar todas mis cosas en el tren, mi madre me besó quinientas mil veces, y yo tuve que reconocer que la echaría de menos, y mucho. En el vagón no estábamos solos, había un par de chicos, o chicas. Cuando se fue, me dejé caer sobre mi asiento. Suspiré sonoramente. Estaba bastante cansada. Había sido un día demasiado... indescriptible. Con tantas emociones. Tantos asesinatos, muertos, parientes...

Cerré los ojos, con una dulce sonrisa en los labios, muerta de sueño. Alguien tropezó con mis pies. Bufé enfadada. ¿Por qué no me podían dejar tranquila, era mucho pedir, acaso? Abrí los ojos, lanzando miradas asesinas a la persona que estuviese intentando pasar.

            -Lo siento-se disculpó un chico con voz cansada. Intentó regalarme una sonrisa divertida, que me hizo sonrojarme. Le miré bien mientras se sentaba en el asiento de al lado. Era alto, bastante más que yo, tenía el cabello revuelto, parecía no conocer lo que era un peine, no llevaba el pelo corto, pero tampoco muy largo, eran dorados. Tenía dos grandes ojos que brillaban llenos de vida, parpadeó un segundo, y sólo pude contener la respiración. Mi corazón parecía apunto de salirse de mi pecho. Cerré los ojos para relajarme. Lo único que conseguí fue soñar con su sonrisa divertida. Con sus ojos castaños llenos de un brillo que nunca había visto.

 

 

 

Me estaban meciendo suavemente, y mi corazón no paraba de saltar. Ya antes de abrir los ojos, supe perfectamente que ese chico era el que me movía. El chico con el que había soñado. Me llevé una mano a los ojos, después a la boca, y bostecé, cerrando los ojos.

            -Ya hemos llegado-me informó la voz de ese chico.

            -¿A dónde?-pregunté confusa, todas las emociones de ese día volvieron a mi, haciendo que unas pequeñas lágrimas intentase salir.

            -A Moon College-contestó él con tono divertido-Como he visto que llevas el uniforme he dado por sentado que te bajas aquí.

            -Ay, sí-contesté dándome una palmada en la frente-se me había olvidado.

Me eché a reír suavemente. Él se me quedó mirando mientras yo me levantaba, lo supe porque yo tampoco le había quitado ojo, me sonrojé.

            -¿Cómo te llamas?-me preguntó con la voz llena de curiosidad.

            -Maia.

            -Ah-contestó simplemente.

Me di cuenta de que si quería ir haciendo amigos debía de preguntarle algo.

            -Lo siento, estoy un poco cansada, hoy no ha sido mi mejor día-le expliqué, sin venir a cuento-Y tú te llamas...

            -Samuel-contestó alegremente con una gran sonrisa.

            -Pues encantada, Samuel.

Me di la vuelta, y salí con todas mis cosas a cuestas, no sé cómo lo hice pero conseguí enganchar varias maletas. Salí de allí. Me pareció un poco mal dejarle allí sólo, pero si yo seguía allí mi corazón iba a dejar de funcionar por exceso de velocidad. Y me pregunté qué era eso, qué estaba pasándome, que ya no sé ni controlarme a mi misma. Iba por mal camino si seguía así. Podría poner en peligro la misión si no sabía controlarme.

            -¡Maia, Maia!-me llamó Samuel.

            -Que pesado, tío-me quejé en voz baja. No me di cuenta de que ya había llegado a mi lado, y que estaba detrás mía cuando lo dije, me reí falsamente-Dime, Samuel.

            -Te olvidabas la caja.

Me tiró la caja al pecho. Se me había olvidado en el tren. Ahora Samuel se iba enfadado conmigo.

            -Lo siento-le medio grité, y él hizo un gesto con la mano, como diciendo que no pasaba nada, pero no me miró-siempre acabo metiendo la pata.

            -¿Me dices a mi?-preguntó una chica que llevaba el uniforme de Moon College. Le lancé una mirada asesina. Llegué a la conclusión de que mejor no hacer amigos, sólo necesitaba la confianza de Carla, me metería en su círculo, con eso era suficiente.

Fuimos en autobús, pero Moon College no estaba muy lejos de donde paramos, así que nos llevó unos cinco minutos llegar. Nos hicieron entrar al comedor. Ya había gente esperando para entrar cuando nuestro mini autobús llegó. Qué bien, hora de cenar. Puse cara de asco, no tendrían de lo que me apetece de verdad. Espero que no sea como la hora de comer, que acabamos con un fiambre en el suelo. Comenzó a sonar una melodía, tenía que ser un móvil. La gente empezó a sacar sus móviles.

            -De quien sea que conteste-me quejé, odio a los que van con el móvil a todas partes. Noté como vibraba mi bolsillo. No puede ser-Mío.

La gente volvió a mirarme mal, me sonrojé, abrí la tapa del móvil, y al ver el número me eché a temblar.

            -¿Sí, mamá?

            -¿Maia?-preguntó la voz de mi madre al otro lado del teléfono.

            -Soy tu única hija, por lo que tengo entendido, aunque después de hoy, hasta eso lo dudo-contesté, y empecé a impacientarme, puse todo el peso de mi cuerpo en una sola pierna.

            -Pensé que había perdido el móvil, pero da igual, quédatelo, así te tendré localizable. Adiós.

Y colgó. Me había colgado antes de que pudiese despedirme. Sin duda, ese día no era el mejor de los que había tenido. Suspiré ruidosamente. Y la gente volvió a mirarme de mala manera. Ya me estaban hartando todas esas personas, de verdad. Les devolví la mala mirada, con la mala suerte de que le eché una de mis miradas asesinas a Samuel.

            -Oye, tú no eres muy amable con la gente, ¿no?-me preguntó sin su sonrisa divertida. Me quejé mentalmente.

            -Ya te he dicho antes que hoy no es mi día-le contesté secamente.

            -Pues cuando sea tu día, avísame, quiero conocer a la Maia que sonríe, como cuando dormías.

Me sonrojé. Me había estado mirando mientras dormía. Mientras soñaba con él. A veces hablo en sueños. Me preocupé al recordarlo. Sonreí abiertamente, Samuel me devolvió la sonrisa. Entramos al comedor.

Moon College

domingo, 11 de octubre del 2009 a las 17:54
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             Apagué el despertador antes de que sonase. Si quería podía remolonear cinco minutos más. Pero la verdad es que llevaba en la cama alrededor de nueve horas, de las que había dormido unas tres, más o menos. Sentí la necesitad de llamar a Sylvia, y de contarle lo que me había pasado, pero ella a estas horas estaría durmiendo. Llevaba un año sin verla, y era mi única amiga. Me incorporé en la cama, y estiré los brazos. Me sentía cansada. Salí de las calientitas sábanas, caminé descalza por mi habitación, repasando las vistas. La cama deshecha, las estanterías medio vacías, el armario abierto de par en par, casi vacío. La mesita de noche únicamente con mi despertador, y el libro que estaba leyendo, y en el suelo la última maleta. El resto estaban en la puerta, esperando para irse conmigo hasta Moon College. 

            Desayuné con tranquilidad, mientras la casa seguía en el más absoluto silencio. Cuando acabé con los cereales y la leche fría, me levanté de la silla, y fui hasta el sillón, me despatarré en él, encendí el televisor, con el volumen bajito. Eso me recordaba a cuando era más pequeña, en las mañanas de los fines de semana. Estuve allí una hora más, viendo algunas series, luego mis padres se levantaron.

 

 

 

            Hacía un poco de calor, tenía bajada mi ventanilla, el aire me acariciaba la cara, y mis cabellos se apartaban bruscamente. Mis manos estaban sudando, y por mucho que las restregase contra mis piratas vaqueros, no dejaban de hacerlo. Me mordí nerviosamente el labio inferior, con los ojos cerrados, para que no me molestase el viento. Tardamos un buen rato en llegar al aeropuerto, tenía el billete hacía bastante tiempo, cuando llegue al aeropuerto tendré que coger un autobús que Moon College ponía a nuestra disposición, los que íbamos en avión lo tendríamos que coger. Pero nada de esto era lo que me tenía tan preocupada. No. Lo que hacía que me sudasen las manos, y que estuviese tan nerviosa era que no había podido controlarlo. Me había vuelto a pasar. Las visiones me habían vuelto a invadir. Estaba angustiada, llevaba mucho tiempo aguantándolas, como si fuesen las ganas de hacer una travesura, y al final había estallado. Casi tres meses obligándome a no tenerlas, todo por que en Moon College nadie se diese cuenta. Se me escapó una lágrima, abrí un poco los ojos, y vi el reflejo en el retrovisor de los ojos dorados de mi madre, estaba preocupada. Moviendo los labios, pero sin decir nada, le conté que había tenido una visión. Ella suspiró, y me sonrió tranquilizadoramente. Sentí que al compartir eso con ella me quitaba un peso de encima, yo también suspiré, e intenté sonreír. Conseguí mostrarle una mueca simpática a mi madre, que amplió su sonrisa. Volví a cerrar los ojos, giré la cabeza hacía el viento que entraba por la ventana bajada del coche. Me sumergí una vez más en lo que había visto, ahora un poco más tranquila.

 

Todo estaba oscuro, y entre las copas de los árboles sólo brillaba la luna llena. Se escuchaban aullidos, trozos de madera rompiéndose mientras caminaba sobre ellos, y susurros. El miedo hacía que me temblase todo el cuerpo.

                  Y eso era todo lo que había visto, pero aún con sólo recordarlo hacía que me temblase el cuerpo entero, como en la visión o incluso más. Necesitaba agua, y cuanto más fría mejor. Aún tardamos un buen rato en llegar, durante el viaje sólo se escuchaba la radio, Mamá sabía que me pasaba algo incluso antes de decírselo, no me había escuchado cantar ni un solo segundo desde que todo el trayecto había empezado, por eso, antes me había mirado preocupada. Papá aparcó un poco lejos de la entrada, pero íbamos con tiempo de sobra, ya me había encargado yo de eso. Intenté parecer tranquila, sonreí, y mi madre me pasó su brazo por los hombros, y me apretó fuertemente contra ella, y me susurró al oído que no pasaba nada.

-Ashley-me llamó papá, y me giré a mirarle a los ojos-Mamá y yo hemos estado hablando sobre cuando podrías venir a vernos, te mandaremos billetes para navidades, ¿vale?

Simplemente asentí.

 

 

 

            Entré en el avión, agarrada fuertemente a mi equipaje de mano, un bolso en el que entraba mi cartera, mi libro favorito, una libreta, y mi bolígrafo favorito, me lo había regalado Sylvia. También el móvil, y un reproductor mp4. Y por supuesto una camisa, y un pantalón del uniforme, para cambiarme. Mamá me había hecho prometer que la llamaría casi a diario. La azafata me indicó cual era mi asiento, y me dirigí hacía él, no me había tocado ventanilla, mejor para mí, me gusta más el pasillo. Me quedé mirando como iba entrando la gente, aún quedaba un rato ara que despegase el avión, así que decidí ir al servicio. Me levanté, y empecé a buscar las cabinas con los aseos, iba distraída, y me choqué con alguien. Caí al suelo.

            -Lo siento mucho-se precipitó a decirme una voz masculina. Levanté la mirada, y me topé con unos magnéticos ojos marrón clarísimo que me miraban, las manos del chico me agarraron y me ayudó a levantarme.

            -Perdona, no estaba mirando-me disculpé, apartándome los cabellos de la cara.

Le miré un momento, y después seguí buscando los servicios, sin parar de pensar en él. Era más alto que yo, delgado, tenía el cabello castaño claro, y muy rizado. Su voz me había llamado mucho la atención, era tranquila, y suave. Entré al aseo, era pequeño, cerré la puerta, me di la vuelta en la pequeña cabina.

 

 

 

            Mientras volvía a mi sitio, pasé por delante del asiento del chico, nuestras miradas se cruzaron, me sonrió, y yo le devolví la sonrisa, seguramente un poco colorada. Crucé los dos pasos que quedaban para llegar a mi asiento con rapidez, me senté en mi asiento, con la cabeza agachada, el pelo cubría mi cara, cuando levanté la mirada, desde su asiento en el pasillo, al otro lado, seguía mirándome. Aparté la mirada, y la dejé sobre mis zapatos. ¿Por qué me ponía tan nerviosa con sus ojos?

Decidí sacar el libro que estaba leyendo, para olvidarme del chico de los cabellos rizados, la voz bonita, y los ojos marrón clarísimo. Releí mi parte favorita del libro, le tenía mucho cariño, gracias a él había aprendido que mis visiones eran un don, que podía llegar a controlarlo, y no al revés, y que ver el futuro no era tan malo, aunque no me gusta tenerlas delante de la gente, porque eso significa tener que dar explicaciones. Sonreí involuntariamente, me puse el cinturón como me decían las azafatas, y comenzó el ascenso. Cerré los ojos, como si estuviese en un parque de atracciones, y dejé que la adrenalina recorriese mi cuerpo, y dejase un vacío en mi estómago. Me encantaba sentirme así. Cuando el avión se estabilizó, abrí los ojos, con una gran sonrisa. Me miraba otra vez. Aparté la vista de él, y miré por encima del hombro de la mujer que iba a mi lado, miré el cielo, y las nubes que se extendían por la ventana. 

 

 

 

            Me giré para preguntarle a la azafata qué hora era, ella me contestó con mucha amabilidad, y añadió que quedaban unos diez minutos para aterrizar. Saqué mi bolso, y me levanté para ir a la cabina del baño. Esperé en la puerta a que saliese la mujer que la ocupaba, cuando de pronto por detrás me dio la puerta del servicio de caballeros, me di la vuelta, después de quejarme por el golpe.

            -Lo siento-repitió la agradable voz del muchacho con el que antes había tropezado, una media sonrisa apareció en su rostro cuando vio a quien le había dado.

            -A mi no me hace gracia-respondí mientras me masajeaba mi dolorida cabeza.

            -Perdóname, ha sido sin querer.

            -Eso ya me lo imaginaba-respondí enfadada.

La mujer que ocupaba el baño salió, me di la vuelta, y entré, antes de cerrar me pareció ver una luna llena en la camisa del chico que me había golpeado con la puerta. Me puse la camisa azul de manga corta, y los pantalones rectos negros. Salí de allí, y me dirigí a mi asiento, sin mirar ni un segundo al chico del cabello rizado. Me abroché el cinturón, y al cabo de apenas unos minutos, éste empezó a aterrizar.

 

 

 

            Caminé justo detrás del chico de los golpes, que giraba la cabeza de vez en cuando, y sonreía. Llegué a la cinta donde salían las maletas, todavía no estaba en marcha, así que me acerqué a coger un carrito para mis tres maletas, puse mi equipaje de mano en el carrito. Me acerqué de nuevo hacía la cinta de las maletas, esperé a ver el color de alguna de las mías. Esperé durante cinco minutos hasta que vi asomarse una maleta de plástico duro de color verde claro. Mía. Me acerqué a la cinta, esperando a que llegase hasta donde yo estaba. A un par de metros de que llegase hasta mi la maleta, vi unos rizos claros que se movía hasta agarrarla. Suspiré, y me acerqué con paso decidido hasta ese tipo que me había quitado mi maleta. Le toqué el hombro, y se dio la vuelta.

            -Es mi maleta.

            -Lo dudo-respondió él, con una sonrisa que me deslumbró, me quedé un par de segundos mirando como sonreía.

Suspiré, le miré a los ojos castaños.

            -Veamos que pone aquí-dije señalando la tarjetita con los datos, los dos nos agachamos y miramos lo que decía la tarjeta-Mía.

Se la quité de las manos, le miré, sonreí, y me di la vuelta, fui hasta mi carrito, y dejé la maleta encima, pesaba bastante. Luego seguí mirando la cinta, hasta que aparecieron las otras dos maletas, una naranja, y la otra violeta oscuro. Después salí de allí, empecé a andar por el aeropuerto, hasta que vi a una mujer que sostenía un cartel en el que ponía Moon College. Fui hasta allí.

            -Hola.

La mujer me miró.

            -¿Nombre y apellido?-me pidió simplemente.

Le contesté, mientras otros alumnos se acercaban, así que me aparté enseguida,  y ella miró en una lista, y me tachó con un bolígrafo fluorescente. Al siguiente le preguntó lo mismo.

            -Bueno, al final tenías razón, era tuya.

Me di la vuelta al escuchar su voz, sonreía ampliamente, le devolví la sonrisa.

            -Claro que tenía razón-contesté con tranquilidad.

            -Siento lo de los golpes-se disculpó, se había llevado una mano al pelo, y su sonrisa ahora era un poco insegura.

            -No pasa nada-esta vez fui un poco más amable con él, y sonrió.

Pasamos un par de minutos en silencio, mientras la gente se presentaban, y se saludaban entre ellos, la mayoría se conocían de antes. Me sentía un poco desplazada entre ellos.

            -No me has dicho cómo te llamas-comentó el chico.

            -Yo tampoco sé como te llamas tú-respondí.

            -Va, eso es fácil de arreglar-contestó quitándole importancia, y siguió hablando con una media sonrisa-Soy Gabriel.

            -Ashley-respondí con una pequeña sonrisa.

Esperamos un buen rato, hasta que llegó el siguiente avión, este avión venía desde Nueva York. Estaba cansada, así que me senté sobre mis maletas, que seguían en el carrito. Desde lejos vi a un grupito de tres o cuatro personas, venía encabezada por una muchacha de cabellos ondulados y rubios, tenía unos grandes ojos verdes, era tan alta como yo. Llevaba una de las camisas del uniforme, de color blanco, era ajustada, y llevaba la falda muy corta. Cuando se acercó a nosotros, y vio a Gabriel, se lanzó sobre él, sin ni siquiera pasar por la mujer, para decirle quien era.

            -¡¡Gabi!!-exclamó encantada, le abrazó con fuerza, y él se echó a reír contento-Cuanto tiempo sin verte.

            -No exageres tanto, Jack, nos vimos hace dos semanas...

            -Pues eso, un montón de tiempo-respondió ella con una gran sonrisa, que me resultaba bastante familiar, después la chica se acercó a la mujer, y le dijo su nombre y el apellido. Apoyé mis manos en las rodillas, y encima puse mi cabeza. Me quedé mirando fijamente el suelo, y pasé bastante rato así, mientras el resto estaban hablando, y empezando a conocerse, los que todavía no se habían tratado. Y yo apartada, sin saber qué hacer, o qué decir. De repente, Gabi se sentó enfrente mía, en el suelo del aeropuerto.

            -¿No deberías empezar a conocer a la gente?-me preguntó, mirándome tanto que parecía que iba a atravesarme.

            -Supongo que sí, pero no me apetece mucho.

            -¿Y si te presento a algunas personas?-se ofreció con su sonrisa encantadora.

Acepté, y nos levantamos, me llevó hasta donde estaba la chica rubia, a la que él había llamado Jack, estaba con las personas que había ido con ella en el vuelo.

            -Jack-la llamó Gabriel, y ella se volteó a mirarle, con una sonrisita-Ella es Ashley.

Jack se acercó a mí, y me dio un beso en la mejilla, pero sin sonreír.

            -Yo soy Jackeline-se presentó ella, y se apartó el cabello rubio del hombro, me miró de arriba abajo, y suspiró mirando a Gabriel. Después sonrió con un poco de falsedad-Mira, Ashley-me estaba mirando con un poco de desconfianza-Te voy a presentar a mis amigos, son Sarah, Marcos y, Ádriel.

            -Hola-me saludaron ellos al unísono, y sonriendo.

            -Hola-contesté con ánimo.

Sarah era una chica que parecía tener un par de años menos que nosotros, su cara se iluminó al verme, y luego volvió a estar normal. Sus ojos eran grandes y azulados, sus labios era pequeños pero gruesos, su cabello era ondulado, largo, y de color negro oscuro. Sonreía abiertamente.

Marcos debía de tener nuestra edad, cuando llegué reía abiertamente con Jackeline, se giró a mirarme, y pude ver que tenía los ojos del color del cielo, sus labios eran finos, tenías los cabellos rebeldes, parecía que no había usado el peine en años.

Ádriel debía de tener más o menos la edad de Sarah, tenía el cabello un poco largo, y caían ligeramente ondulados, eran de color negro. Sus ojos eran grises. Era más alto que yo.

Estuvimos un rato hablando sobre Moon College, y después empezaron a hablar sobre sus vacaciones en Chicago, Hawai, y sitios así, me gustó lo que contó Jackeline sobre sus viajes. Después volvimos al tema de Moon College.

            -Espero que este internado sea mejor que el resto a los que he ido-señaló con voz molesta.

            -Al menos la publicidad es buena-señaló Sarah, y después se rió por lo bajo.

            -Ya, los mejores profesores...-se quejó Ádriel con voz monótona.

            -No os quejéis, seguro que he estado en sitios peores-Jackeline sonrió, dándose un poco de importancia. Yo no estaba de acuerdo ni con Ádriel, ni con Jackeline, quería estar en Moon College, mejor que en mi antiguo instituto, donde no tenía amigos desde que Sylvia se mudó.

            -Chicos, el autobús va a salir, vámonos-nos dijo la mujer. Nos llevó hasta el autobús, nos contó a todos. Entré detrás de Sarah, que fue a sentarse con alguna de sus nuevas amigas, me senté justo delante de Jackeline. Miré por la ventanilla del autobús, se veían coches aparcados. Sentí como se sentaban a mi lado, giré la cabeza para ver quien era. Gabriel. Nos sonreímos cuando sus ojos castaños miraron los míos.

            -¿No te sientas con tu novia?-pregunté sin mirarle, mis ojos estaban puestos en mis manos, que se movían inquietas.

            -¿Con quién?

            -Con Jackeline-respondí, levanté un poco la cara. Él soltó sólo una carcajada.

            -¿Jack?-preguntó ahogando una sonrisa-¿Mi novia?

No contesté nada, ahora estaba avergonzada por lo que había dicho.

            -¡Que va!-respondió alegremente-Sólo es mi prima.

            -Oh-respondí aún más avergonzada, me sentí un poco tonta-No lo sabía.

Me sonrió, y me guiñó un ojo, sentí como me cosquilleaban las mejillas, seguramente me estaba poniendo un poco colorada. Le devolví la sonrisa. Escuchamos unas risitas que provenían de Jackeline y de la chica que se sentaba con ella. Marcos estaba en el asiento al otro lado del pasillo de ellas, se giró, y les dijo algo, y la mitad del autobús se echó a reír, se divertían.

            -No te pases, Marcos-le increpó Gabriel, sin reírse, le miró, no pude ver que hizo, pero Marcos enseguida dejó de reírse. Jackeline se puso en pie, y asomó la cabeza entre nosotros dos, miró fijamente a su primo.

            -Aguafiestas-susurró lo bastante fuerte como para que Marcos se enterase, giró la cabeza para mirar como Jackeline le decía eso a su primo, sonrió.

            -No se puede ir en pie, señorita-informó la mujer que era la conductora, y Jackeline se sentó con cara de fastidio. Durante el viaje hablé con Gabriel sobre las becas del internado.

            -Los exámenes fueron muy duros, ¿no te pareció?-me preguntó Gabriel, sonriendo alegremente.

            -Un poco-respondí con simpleza, no quería entrar mucho en el tema de los exámenes.

            -¿Qué notas sacaste?

            -Eran buenas-contesté con timidez, no quería reconocer que eran las mejores que había sacado nunca, sólo cuando me ponía a estudiar acababa sacando tan buenas notas.

            -No me has respondido-se quejó con una media sonrisa, que me volvió a dejar deslumbrada-Eres una chica de diez, ¿no?

            -¿Yo?-pregunté intentando parecer sorprendida, me reí-No, no, sólo he sacado uno, y además fue en inglés, eso no tiene mucho merito.

            -En realidad para ser un examen de Moon College, que te pongan un diez es mucho, ¿cuál ha sido tu nota media?

            -Nueve y medio-respondí sin dudar.

            -Te gano por tres milésimas-me comentó con voz risueña.

            -¿Y tú?-le pregunté-¿Eres un chico de diez?

            -Respecto a las notas, no, saqué uno, y fue pura suerte, aunque la física me gustaba bastante, la verdad que ese examen fue el más fácil-me explicó, se llevó la mano al cabello ensortijado, y me sonrió intentando parecer que no estaba avergonzado. No entiendo por qué debería estarlo.

            -Vaya, a mi la física se me da muy mal, prefiero los idiomas-contesté.

Seguimos hablando de los exámenes de Moon College, y de esas cosas, Jackeline de vez en cuando nos prestaba atención, y se volvía hacía su amiga, molesta porque hablásemos de las clases, bufaba y gesticulaba con los labios que éramos muy aburrido, sin embargo, cada vez que Jackeline hacía eso, Gabriel me sonreía ampliamente. De repente cambiamos de tema al escuchar una canción de fondo, a los dos nos gustaba ese grupo, pero él era más de rock puro, y a mi ese grupo me gustaba por Sylvia, yo soy más de los éxitos del momento, más bien pop rock. Hablamos sobre la música que me gustaba.

            -Ay, que pena me das, sólo escuchas basura-me dijo riéndose de lo que acababa de decirle.

            -Oye, algunas canciones de Rihanna están bastante bien-le contesté intentando parecer un poco indignada, pero cometí el error de sonreírle-La de unfaithful es preciosa.

            -Te doy por perdida-añadió enseñándome sus perfectos dientes.

            -No deberías, eres un poco pesimista.

Estuvimos hablando sobre música una media hora más, aunque el tiempo de ida hasta el internado se me hizo muy corto. Cuando quedaban unos cinco minutos para llegar bajamos una cuesta, la gente empezó a decir que si Moon College tenía cochera, y que íbamos hasta allí, y cosas así. Miré por la ventanilla, aún quedaba un poco de luz, vi unas vías de tren a lo lejos, seguíamos bajando, la cuesta no era empinada, la inclinación era ligera, hasta que se inclinó un poco más, y aparecieron unos edificios bastante antiguos.

            -¿Esto es Moon College?-preguntó horrorizada Jackeline-Mira que he estado en internados viejos, pero este es feísimo.

No era un único edificio, eran varios que formaban una larga U. El autobús giró en la curva, Gabriel estaba inclinado hacía mi ventanilla, nuestras caras miraban hacía fuera, la calle ya estaba iluminada con algunas farolas, que debían estar recientemente colocadas. Pasamos justo delante de un antiguo teatro, con su grandes letras. Ahora un cartel nuevo indicaba que era un cine.

            -¡Un cine!-exclamé encantadísima, mientras lo veía pasar ante mis ojos. El autobús giró bruscamente, y nosotros también, dejando atrás alguna tienda, y el cine. Jackeline bufó, aliviada.

            -Menos mal que no era eso.

Su compañera de asiento le dio la razón.

            -¿Te gusta el cine?-me pregunto Gabriel, mientras volvía a poner su mirada sobre la ventanilla, ya no se veía nada, las farolas se había quedado atrás, y el sol había desaparecido completamente.

            -Sí-le contesté alargando la vocal, un poco emocionada.

Antes de que nos diera tiempo a profundizar en el tema del cine, el autobús frenó. La gente empezó a ponerse de pie, gritaban, se pasaban mochilas y bolsos por los aires, se caían cosas, se empujaban. Me quedé sentada en mi sitio, esperando a que saliese el resto de gente, no tenía prisa, ni otra opción. Las puertas se abrieron, y la gente empezó a bajar del autobús, cuando la cola para bajar se vació bastante, la amiga de Jackeline, y ella bajaron, Gabriel se puso detrás de su prima, y yo después de él, me siguieron Marcos, y su compañero del autobús.

            -¿No crees que tu falda es muy corta?-le preguntó Gabriel a Jackeline frunciendo el ceño, con voz paternal.

            -Pero ¡qué dices!-respondió con rebeldía la chica rubia. Giró la cabeza y fulminó a su primo con su mirada gélida, sus ojos era grises en ese momento. Se escuchó una risita burlona detrás de mi, y de reojo pude saber que había sido Marcos. A Jackeline no le hizo gracia, giró la cabeza, e hizo un mohín de disgusto. Cuando bajamos del autobús, nos dijeron que no cogiésemos las maletas, que estarían a la salida de la cena para que las llevásemos a nuestros dormitorios. Seguimos a la multitud de alumnos, habían edificios de color blanco, de uno o dos pisos, había hierba, y árboles, la noche era cálida, y una suave brisa mecía nuestros cabellos. Llegamos hasta un edificio en el que en la puerta los alumnos se agolpaban, todos intentaban entrar al comedor.

 

 

Aceptada II

sábado, 05 de septiembre del 2009 a las 20:58
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Aceptada II.



 
              Tenía la carta en las manos, que temblaban ligeramente. Ahí estaba la respuesta que hacía mucho tiempo que estaba esperando. Que esperábamos. Cerré los ojos, y suspiré profundamente. Intenté abrirla, pero no tenía el valor suficiente. Si no lo había logrado tendría que esperar mucho tiempo para volver a intentar entrar en ese colegio al que iba Carla. Le tendí la carta a mi abuelo, que me miró con cariño, y sonrió con dulzura.

            -¿Puedes abrirla tú?-pregunté controlando la voz, para que no se diese cuenta de que dudaba de haber aprobado. Mi madre se acercó por detrás, apenas hizo ningún ruido, pero mis sentidos estaban más desarrollados que el del resto de humanos. Puso su mano en mi hombro, y me calmé. Ella confiaba en mí. Mi abuelo también. Entretanto mi abuelo había abierto el sobre, y miraba el contenido de arriba abajo, frunciendo el ceño. Eso me hizo llegar a la conclusión de que no había llegado a entrar en Moon College. Suspiré, apenada, y miré hacía el suelo, disgustada. Aún no había empezado y ya estaba fracasando estrepitosamente. Me dio rabia, mucha rabia.

            -Menos mal que tienes una beca, porque todo esto debe ser muy caro-comentó mi abuelo, le miré a los ojos, y me sonrió. Pegué un gritito de alegría, casi inaudible para oídos humanos, y le arrebaté rápidamente la carta de sus manos, la leí despacio, en ella me felicitaban por los resultados que había obtenido, me hizo sonreír, releí esa parte un par de veces. Menos mal que me había preparado muy bien para esos exámenes, era estupendo ver que mi misión estaba a sólo un par de semanas de empezar. Era maravilloso poder ayudar a la familia Lucci, a mi familia. El abuelo estaba contento, y mamá también, yo no estaba sólo contenta, casi podía subirme por las paredes, literalmente.

            -Anda, Maia, tranquilízate-me pidió mamá, cuando llevaba media pared subida sin más ayuda que mi rapidez, di un salto, y caí en el suelo arrodillada, sonreí, me gustaba hacer eso de pequeña. A los semivampiros nos gustaban ese tipo de cosas, y nuestra velocidad nos lo permite. Empecé a hacer planes, mil maneras de acercarme a Carla sin que sintiese miedo de mí, o de su familia. No sé que le han contado de nosotros. Tampoco sé que puede llegar a averiguar antes de estar preparada, pero la traeré.

            -Luks-llamó mi madre a su padre. Estaba contenta, por supuesto, pero lo que yo sabía era, que no quería que fuese yo la siguiente en intentar traerla, alguien ha destrozado a nuestra familia, y lo está haciendo poco a poco-Louis murió intentando traerla, y también Suan, More, y Rizz, ¿crees que Maia podrá convencerla? Aún no se ha convertido, sus sentidos no están al máximo, como los de un vampiro, creo que no es buena idea...

            -Tu hija es muy inteligente, sabrá cómo hacerlo, y cuándo-le respondió a mi madre, con voz cariñosa-Le doy todo el tiempo que necesite, sin presiones.

Me volví, dejé la carta encima de la mesa, y me senté en una silla de madera, aún con toda la emoción recorriendo mi cuerpo.

-Sé que alguien de la Estaca de Plata está detrás de todo esto.

Me giré bruscamente cuando mi madre dijo esas palabras, tragué saliva, con un poco de miedo. Lo pensé un segundo. Estaba decidida, no iba a permitir que un par de pirados cazavampiros me asustasen, aunque yo les tengo respeto, sobretodo sabiendo que la Estaca de Plata se había dedicado a matar a semivampiros durante mucho tiempo, según ellos, este tipo de híbridos, mitad humanos, mitad vampiros no debían estar sobre la Tierra. Pero yo soy más que una semivampira. Por supuesto. Ellos no lo sabían, no podían imaginar que Louis, su más preciado cazavampiros había acabado amando a Aless, una vampira, de las pocas que quedaban que podían tener hijos, ya que a las demás las habían matado los de la Estaca de Plata. Soy una semivampira con conocimientos de cazavampiros, y con ganas, muchas ganas de ser pronto una vampira completa. Cuando complete la misión, Luks, el abuelo nos convertiría a las dos, a mi prima Carla, y a mí.

 

 

 

            Un par de días después decidimos ir a comprar las cosas necesarias para poder estar en Moon College, desde libros, hasta los uniformes, que se vendían exclusivamente en cierta cadena de tiendas que había alrededor del mundo. Moon College era un internado que ya era prestigioso, y aún no se habían empezado las clases. Pero todos sabían que los mejores profesores, y educadores del mundo estarían allí. Mi madre cogió todo tipo de uniformes variados, y me los fue dejando sobre las manos. La parte de los uniformes de mi talla estaba desierta, la gente se alejaba de Luks, y de Mamá con facilidad. Siempre he pensado que la gente debe tener un sentido extra, y ese es saber cuando están cerca de un depredador tan... mortífero como lo son ellos. Aunque lo que esas personas no podían imaginar era que ellos no se los beberían nunca, tenemos otras fuentes de alimentación. Lo que tampoco sé es como lo saben, su piel es igual que cuando eran humanos, y los colmillos únicamente les salen cuando están cazando. Pero si le tocas la mano a Luks la tiene mortalmente fría, nadie puede estar tan frío y seguir vivo, aunque es curioso como ellos lo solucionan... tecnología exclusiva de vampiros para vampiros, difícil de entender, incluso para mí.

 

           

 

            Había pasado un mes desde que había recibido la carta, y estaba ya todo preparado. Las vacaciones de verano se estaba acabando, y cuando estuviésemos a mitad de septiembre mi misión tendría que ponerse en marcha. Deseaba mucho conocerla, a Carla. Mi prima. Y cuando se la llevase a mi abuelo, él nos convertiría a las dos, y dejaría de ser una dhampira. Sonreí pensando en la cantidad de cosas que podría hacer de aquí a un año, más o menos. Y los poderes que tendría...

Acabé de empaquetar mis cosas, guardé los libros con olor a nuevo en mi mochila nueva, metí el material escolar en su estuche, también nuevo. Sólo quedaba una semana para conocer Moon College.

 

Aceptada.

viernes, 28 de agosto del 2009 a las 15:20
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Moon College by: Desirée Pozo

LA ESCAMA DE LUNA

Aceptada.


Cuando llegué de la piscina estaba allí. Sobre la mesita del recibidor. Llevaba semanas esperándola. Al avanzar hacía ella se me enredó la toalla con el pie, y casi caí de cabeza al suelo, sólo fue un traspiés, conseguí mantener el equilibrio. Mamá debió escucharme, y salió del salón, me miró, y le devolví la mirada con una sonrisa tímida, después desvié mis ojos hacía el sobre, ella debió seguir mi mirada.

-Ha llegado hace un rato, estábamos esperando para saber tus resultados-me comentó cariñosamente, se acercó a mi, me acarició el cabello mojado con la mano.

-¿La abro ahora?-pregunté con inseguridad, contemplando temerosamente el sobre. Era blanco, arriba a la izquierda estaba el escudo de Moon College. Más abajo estaba mi nombre, mis apellidos, y la dirección de casa, todo escrito por ordenador. Supuse que era normal, con tanta gente a la que dirigirse estaba bien que no gastasen tiempo en hacerlo a mano. Me acerqué, y extendí la mano, agarré el sobre, mis manos no temblaban, y más me valía. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, preparadas para la desilusión. Le di la vuelta, y abrí con decisión el sobre, saqué la carta.

-¿Ya la habéis abierto?-preguntó papá, acercándose a nosotras, con su peculiar tono interrogativo, sonrió al ver que la tenía en mis manos, aún plegada-Venga.

Los dos me miraban expectantes, y me animaban. Pasase lo que pasase, ellos estarían allí, apoyándome. Desplegué las hojas, había más de una. La primera que leí me daba los resultados de los exámenes para las becas. Era un cuadro con dos columnas, en una estaban los nombres de la asignaturas, y en la otra las notas que había sacado. Abrí mucho los ojos cuando pasé por encima de los resultados de química, pensaba que había suspendido, no estaba muy concentrada, era el primero que había hecho, y casi no había dormido la noche anterior, pero aún así había sacado casi un diez. Suspiré aliviada. Por lo menos las notas no eran malas, pero si había gente mejor, y más preparada que yo, no podría entrar, pasé a la siguiente hoja. Leí bien, parándome, y releyendo párrafos, levanté la mirada. Ellos esperaban pacientemente que les dijese que tal me había ido.

            -Lo conseguí-susurré, en un principio pensé que no me habrían oído, después, los dos me abrazaron fuertemente. Las lágrimas habían desaparecido de mis ojos.

            -Estamos muy orgullosos, Ashley-me aseguró Papá, con una gran sonrisa, mientras los dos me miraban, con los ojos brillantes. Sonreí ampliamente.

 

 

 

            Según se iba acercando el momento de entrar a Moon College, empecé a temer que no quedasen uniformes, o que se agotasen los libros que necesitaba, o que cuando me presentase en el colegio me dijesen que había habido un error. Tenía tantísimas ganas de ir...

Mamá decía que todavía teníamos tiempo, pero aún así, yo le recordaba todos los días que pronto tendríamos que ir a por las cosas de Moon College. Estábamos a quince de agosto, cuando al final mi madre accedió. Teníamos que viajar a Londres, para poder conseguir el uniforme, puesto que sólo los vendía una tienda determinada, que sólo tenía dos establecimientos, uno en la capital, y otro en Manchester. El primero se encontraba a tan solo una hora de mi casa, pero tendríamos que ir en el metro.

            Cuando nos bajamos del metro, y subimos las escaleras, para poder salir a las calles centrales, yo hablaba animadamente sobre las cosas que me hacían falta, y las ganas que tenía de ver los libros, y el uniforme. Estaba más que contenta, mi madre tenía casi que correr para poder seguirme el paso, unas cuantas veces me pidió que me tranquilizase. Llegamos a la gran tienda. Nada más entrar un dependiente se ofreció a ayudarnos en todo lo que necesitásemos, mi madre aceptó su ayuda encantada. El chico nos preguntó que era lo que necesitamos.

            -Mi hija va a empezar a estudiar en Moon College-le contestó mi madre, estaba orgullosa, un par de mujeres que estaban cerca se giraron para mirarnos, y hubo un par de comentarios a los que no hice caso, estaba demasiado emocionada para poder prestarles atención-Queríamos ver los uniformes.

            -Por supuesto, síganme-respondió con una sonrisa, después se giró, y me felicitó por haber entrado en Moon College. Nos dirigió a la parte de arriba de la tienda, en la que sólo había un par de personas, una mujer, su marido, y sus tres hijos. No me paré a mirar.

            El chico era muy simpático, se llamaba Thomas, y llevaba trabajando un par de meses en la tienda. Me sacó todo tipo de prendas, para todas las estaciones del año, me probé pantalones largos, cortos, faldas, camisas, camisetas, unos cuantos chándal para las clases de deporte, chaquetas, y una larga lista. La ropa era de tres colores, blanca, negra o azul claro. En todas las prendas superiores estaba el distintivo de Moon College, que era una luna llena, la luna era blanca hasta la mitad, la otra mitad estaba más oscura, era gris, el contorno de la luna era de hilo plateado, y un poco grueso, el fondo de la luna era negro, el resto azul claro, y con el mismo hilo plateado, pero con una fina caligrafía ponía Moon College. La insignia me pareció preciosa, era elegante, y no quedaba mal en ninguna de las prendas de ropa, les daba un toque distinto, algo único. Me gustaba.

 

 

 

            El día que estaba esperando se acercaba, cada día estaba más nerviosa, dormía poco por los nervios, y me encantaba mirar los libros, aunque realmente me tendrían que enseñar a descifrar esa lengua, porque no la conocía, entendía los símbolos matemáticos, y los de química. Pero si intentaba leer algo de literatura o otra asignatura sólo entendía los trozos que estaban extraídos de textos en inglés. Empecé a asustarme, quizá no estaba preparada para ir a Moon College, así que el miedo a que me echasen de allí tan pronto se diesen cuenta de que no era tan inteligente como pensaban, volvió, y lo hizo con mucha fuerza.

Lo preparé todo, las cosas ya estaban guardadas, y la maleta estaba medio echa, aún me faltaban un par de cosas por guardar, pero serían las últimas. Sólo quedaba una semana para conocer Moon College, y me moría de ganas por hacerlo, y así saber si realmente merecía estar allí. Temía no sentirme aceptada cuando llegase.

 

 

 

 

Resumen de Moon College

jueves, 27 de agosto del 2009 a las 20:59
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Las puertas de Moon College se abren por primera vez.
Sólo los alumnos más aventajados asisten a esta prestigiosa institución.

Ashley Jones desea conseguir una beca para estudiar en Moon College. Se lleva una grata sorpresa al descubrir que sí tiene una plaza en el colegio. Quiere cambiar su vida, desde que Silvia se mudó no ha tenido amigos, y de eso hace ya más de un año. Ahora tiene la oportunidad de empezar de nuevo. Pero debe ir con pies de plomo si no quiere que sus compañeros se enteren de su pequeño secreto.


Maia Lucci es nieta de un viejísimo vampiro, Luks. Su abuelo le ha encomendado una misión muy importante, y de que lo consiga depende que Maia consiga ser una vampira completa. Maia deberá encontrar a su prima perdida, y conseguir que vuelva con ella a ver a su abuelo, y entonces las dos serán convertidas. Pero nada será tan fácil como lo ha planeado. Pronto aparecen familiares que ella no conocía, averigua cómo es realmente su abuelo, y un cazavampiros no le dejará que se lleve a su prima. Las cosas no siempre resultan tan simples como uno imagina.

"Aquí, en Moon College, todos guardamos un secreto"

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El blog de AshleyANDMaia es una historia sobre una institución llamada Moon College, en la que todos guardan un gran secreto, ¿Quién es quién?

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